Francis Cornejo

“Diego es de otro planeta”

(Edición del Mes: 8 Año: 2002 )

Es el descubridor de Diego Maradona, a quien vio jugar en los terrenos del hoy Parque Sarmiento. En esta nota habla de los tiempos en que Los Cebollitas alcanzaron la popularidad por las genialidades del pibe de Villa Fiorito, de su amor por Argentinos Juniors y de su relación con el jugador más grande de la historia del fútbol mundial.

Daniel Artola

Personas & Personalidades

Francis Cornejo

“Diego es de otro planeta”

Es el descubridor de Diego Maradona, a quien vio jugar en los terrenos del hoy Parque Sarmiento. En esta nota habla de los tiempos en que Los Cebollitas alcanzaron la popularidad por las genialidades del pibe de Villa Fiorito, de su amor por Argentinos Juniors y de su relación con el jugador más grande de la historia del fútbol mundial.

Por Daniel Artola

El colectivo 28 se detiene sobre la Avenida General Paz y un pibe de nueve años baja apresurado para encontrase con sus compañeros en las “7 canchitas”, un lugar donde años después se levantó el Parque Sarmiento. Corre por entre los eucaliptos y saluda a su entrenador mientras le pide la bolsa donde está guardada la pelota. El hombre disfruta con la ansiedad del pibe de Villa Fiorito. Se arma el partido y, mientras lo ve, Francisco Cornejo piensa que Dieguito es de otro planeta. Francis, como le dicen todos, recuerda esas imágenes sentado en el comedor de su departamento de Congreso en una fría mañana de julio. El lugar luce prolijo y con olor a cera. “Recién terminaron de limpiar”, dice y despliega sobre la mesa una foto en blanco y negro de aquellos tiempos donde aparece abrazado a Diego Armando Maradona.

Saavedra, su primer escenario

“Cada vez que voy al Parque Sarmiento y veo esos árboles me emociono. Ese lugar es entrañable para mí”, confiesa este hombre de 70 años que durante tres décadas entrenó a las divisiones inferiores de Argentinos Juniors y tuvo la bendición de Dios de descubrir al jugador más grande de la historia. “Yo armaba un equipo con chicos de la clase 60 y estaba conforme con los jugadores. Había uno que era un espectáculo, jugaba de nueve y la rompía. Se llamaba Goyo Carrizo y tuvo mucho que ver en la llegada de Diego. Un día Goyo me contó que tenía un amiguito del barrio que jugaba mejor que él y me preguntó si lo podía traer a las prácticas”, narra Francis en forma pausada, como para que ningún detalle se pierda. En ese momento creyó que se trataba de un caso más de los tantos que había escuchado en su vida de director técnico.

“Venían muchos a decirme que conocían a un crack, que después no lo era tanto, y aunque yo pensé que éste era uno de esos chascos acepté que viniera”, cuenta Francis con voz baja y firme. Goyo Carrizo se apareció nomás con su amiguito Diego en el club. Francis los saludó y les indicó que lo esperaran en la cancha. Pero el campo estaba embarrado y no se podía jugar bien. “Vamos a jugar a las 7 canchitas”, propuso entonces Francis y el destino quiso que ese predio tan cercano a los habitantes de Saavedra se convirtiera en el primer gran escenario donde Dieguito comenzó a demostrar su talento. “Enseguida se hizo famoso entre los vecinos. Venían los jubilados y no se cansaban de aplaudir. Un señor hasta le quiso regalar una bicicleta”.

El equipo de los sueños

Con Maradona en el equipo Los Cebollitas jugaron en muchos campeonatos a lo largo y a lo ancho del país. “Jugábamos contra grandes y chicos. Yo a ese equipo le tenía una fe bárbara y estuvimos invictos 136 partidos”, afirma Francis, mientras este cronista repasa un álbum de fotos y recortes periodísticos. Aparece uno del Diario Popular donde se lo ve al entrevistado con su equipo de gimnasia entrenando jugadores en lo que hoy es el Parque Sarmiento. Francis se detiene y pide encarecidamente que en el reportaje aparezca el reconocimiento al Dr. Paladino, “que lo puso a punto a Dieguito”, y a José Trotta. “Pepe era un tipo fuera de serie, nos llevaba con el Rastrojero a todas partes. Si yo era el padre de los Cebollitas, él era la madre”, ilustra.

Las historias se suceden y en ellas afloran la conducta intachable y recta de un hombre que nunca le pidió nada a nadie a pesar de haber descubierto a Maradona. “Yo vivo humildemente de mi jubilación del Banco Hipotecario, que es honrosa a pesar del descuento del 13 por ciento. No me arrastro”, sostiene con orgullo. Francis es fanático de Argentinos Juniors, ya que nació en La Paternal. “Mi casa estaba en Boyacá y Remedios de Escalada, cerca de la plaza. Después me mudé varias veces, pero mi corazón se quedó en el barrio”. Había sido jugador en All Boys y Tigre. En 1953 José Morales lo vino a buscar para que se hiciera cargo de la preparación de las divisiones inferiores en Argentinos Juniors. Y se quedó treinta años en la entidad. “Soy un lírico del fútbol”, se define.

Recuerdos y más recuerdos

Sin miedo a la exageración se puede decir que Francis tuvo dos grandes amores: su mamá y el bicho colorado. Habla y mira una foto de su viejita, que hace poco lo dejó, y las lágrimas aparecen en su rostro hasta ahogarle la voz. Su pasión por el club se ve clara en una anécdota que sucedió en el partido amistoso que jugaron contra Boca Juniors el día que Maradona pasó a la institución de las ribera. “Diego me había prometido que me iba a regalar la camiseta. El jugó un tiempo para nosotros y el otro para Boca. En el entretiempo fui al vestuario y estaba el presidente del club pidiéndole la camiseta, pero Diego le dijo que no se la daba porque me la había prometido a mí. Me la dio y me preguntó si me quedaba a ver el resto del partido y yo le dije que me iba porque no podía verlo con otros colores que no fueran los de Argentinos”, relata Francis. Ese fue un momento muy emocionante entre el maestro y el alumno.

La escena se repite cada vez que se ven. La última vez fue en el Hotel Hilton, con motivo de la presentación del libro Yo soy el Diego. “Nos abrazamos y no paramos de llorar. Son muchos recuerdos que vivimos juntos”, dice Francis, quien también escribió un libro sobre cómo fue el descubrimiento del 10 titulado Cebollita Maradona (ver recuadro). La fama de Francis ha cruzado los mares y hasta periodistas de Japón le hicieron notas. “Una vez vinieron dos chicas periodistas del Nápoli y me pidieron que les regalase el buzo que tenía puesto. En Nápoli Diego es Dios por todo lo que hizo por ese club”. A su entender, la experiencia italiana es la cumbre de la carrera futbolística del pibe de Fiorito. “Más que el gol a los ingleses”, arriesga Francis. Y no le teme a las comparaciones con Pelé. “Maradona es el número uno porque jugó en el exterior y nunca tuvo un equipo que lo acompañara como al brasileño. Pelé fue consumo interno, pero igual me saco el sombrero por él”, aclara.

Francis atraviesa una situación delicada de salud, pero no baja los brazos. Quiere seguir cerca del fútbol. “Todavía puedo descubrir a otro talentoso”, afirma convencido.

“Mi milagro personal”

Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro, pero que la mayoría no se da cuenta. Yo sí. El mío ocurrió la tarde de un sábado de marzo de 1969 sobre el pasto mojado de Parque Saavedra cuando un pibe bajito, que me dijo que tenía 8 años -y yo no le creí- hizo maravillas con la pelota. Cosas que yo nunca le había visto hacer a nadie. Hay una que no me la voy a olvidar jamás, porque cierro los ojos y la sigo viendo como si fuera ayer. ¿Ayer dije? No, ayer no, como si la estuviera viendo ahora mismo. Cuando a un jugador la pelota le viene de aire, lo que hace es bajarla con el pie y después la deja caer al suelo y ahí patea o toca. Eso es lo que hacen todos. Pero aquel pibe no, aquel pibe hizo otra cosa: la dominó con la zurda, en el aire y, sin dejarla tocar el piso, con el pie todavía en el aire, le volvió a pegar para hacerle un sombrerito a un rival y mandarse hacia el arco contrario. La jugada siguió pero yo me quedé mirándolo, mirándolo a él. ‘Es un enano’, pensé. No podía tener 8 años, era seguro. Fue una pavada haber pensado eso. La edad no tenía nada que ver con lo que ese pibe había hecho. Si era más grande o más chico no tenía importancia: esa jugada no tenía edad. Un jugador normal, incluso uno muy habilidoso, puede pasarse la vida sin poder hacerla aunque la ensaye una, dos, mil o un millón de veces. Para hacer una jugada así -y como la hizo él: como si fuera la cosa más sencilla del mundo- aquel pibe tenía que ser diferente, muy diferente de los demás. Y yo me di cuenta. Ahí mismo me di cuenta. Por eso puedo decir, sin ponerme colorado y sin temor de que me acusen de agrandado, que yo descubrí a Diego Armando Maradona, un milagro del fútbol. Y también mi milagro personal.

Fragmento del libro Cebollita Maradona, de Francisco Cornejo, publicado por Editorial Sudamericana.

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