José María Safigueroa

EL HOMBRE DE LAS 50.000 PELICULAS

(Edición del Mes: 1 Año: 2000 )

EL HOMBRE DE LAS 50.000 PELICULAS

Adrián Alauzis

José María Safigueroa

EL HOMBRE DE LAS 50.000 PELICULAS

Por Adrián Alauzis

José María Safigueroa, más conocido como Gogo, es un periodista de larga trayectoria especializado en cine. Trabajó con Sofovich en La Noche del Domingo, donde popularizó su creación: las perlitas. Nos regaló un par de horas para dialogar sobre Villa Urquiza, su carrera profesional y hasta de la caída de las salas de barrio.

En una mesa de El Pindal, la moderna confitería de Triunvirato y Monroe, se desarrolla la charla. El entrevistado vive a dos cuadras de esa esquina clásica de Villa Urquiza, sobre la calle Cullen, y lleva 60 de sus 61 años residiendo en el barrio. José María “Gogo” Safigueroa comenzó a ejercer el periodismo a los 19 años en el viejo diario El Mundo, en el área de corrección. “La corrección no era lo que es actualmente: en aquel momento tenía mucha importancia -recuerda-. En las publicaciones de hoy se ha dejado un poco de lado la posibilidad de hacer docencia a través del lenguaje”. Después de esa tarea realizó notas para las secciones Gremiales, Actualidad y Misceláneas, hasta que pasó a Crónica como Coordinador General de la Editorial. “Yo fui uno de los fundadores del diario, el 29 de julio de 1963”, cuenta Gogo. En 1964 comenzó a trabajar en radio Mitre. Por esa época se pronunció en forma definitiva por el mundo del espectáculo y se incorporó a la Asociación de Cronistas Cinematográficos.

“Paralelamente incursioné como organizador de festivales y semanas de cine, hasta que sale el diario La Tarde, el vespertino de La Opinión –informa Gogo-. Allí asumí como Secretario de Espectáculos. Antes de que dejara de salir La Tarde, ingresé en la televisión como invitado en distintos programas. Luego me convocaron para Buenas tardes, mucho gusto y a partir de allí nunca dejé de hacer televisión, desde hace 32 años. Hice ciclos de cine en Canal 9, donde fui Gerente fílmico, en ATC y en los canales 11 y 2. Después comenzamos a hacer con Gerardo Sofovich un programa que se llamó Sábado Nueve. Luego Semana Nueve, que iba todas las tardes de lunes a lunes. Yo hacía la nostalgia, refrescando los viejos musicales. Así el público argentino redescubrió a Fred Astaire, Gene Kelly y Frank Sinatra”.

-¿Cuándo nace su relación con Villa Urquiza?

-Yo nací en Palermo Viejo, en Gurruchaga y Gorriti. A los once meses mi familia se mudó y recalamos en Burela y Congreso, donde estuvimos muy poco tiempo. De ahí nos fuimos a Pacheco y Manuela Pedraza, donde está el Club Pinocho, y luego a Congreso entre Ceretti y Aizpurúa. Por esa época nace Gogo Safigueroa, ya que empecé a ir al cine, pasión que alternaba con mi concurrencia al Círculo Urquiza. En la casa de Congreso viví hasta que me casé, en 1962, y luego me mudé a Parque Lezama; pero no me bancaba el barrio, porque yo soy de Urquiza. Al año volví a Pacheco y Echeverría, donde viví hasta 1978. Desde esa fecha vivo en Triunvirato y Cullen, frente a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen. Estoy plenamente identificado con este barrio.

-¿Qué lugares del barrio le atraen más?

-El Pindal, el Café de la U y la Cantina Bruno son los sitios que más frecuento, sobre todo en estos últimos cinco años, cuando por un problema familiar me vi obligado a cambiar mis hábitos. Yo salía mucho, pero la noche ahora se reduce a Villa Urquiza.

-Que en los últimos años creció muchísimo…

-Hace cuarenta años Urquiza era un centro comercial y social singular para la época. Monroe, desde Bucarelli hasta Pacheco, era la calle más iluminada de Buenos Aires y no sé si de la Argentina. Triunvirato, desde Monroe hasta Pampa, era un corso diario y el paseo obligado de la familia. El movimiento de Urquiza no lo tenía Belgrano, porque el barrio captaba además a los habitantes de San Martín, Villa Ballester y Malaver, por ejemplo, que se bajaban del tren a hacer sus compras. Con la aparición de otros centros comerciales, la actividad mermó y por un período de aproximadamente treinta años Urquiza sufrió un retroceso, que lo capitalizó Belgrano. Con la apertura de El Pindal, la instalación de las principales casas de comidas rápidas y la llegada de importantes supermercados, el barrio fue tomando nuevamente color. Por otra parte, el Centro de Gestión y Participación Nº 12 posibilitó este resurgimiento mediante diversas obras.

-Pasando al plano profesional, ¿cómo nacieron las famosas “perlitas”?

-En el año ’82 se produjo un problema con los salarios en televisión: los honorarios de los actores, productores o periodistas no podían exceder los treinta y dos millones de pesos. Entonces Sofovich, que cobraba más que eso, se retiró. Semana Nueve fue reemplazado por un programa que se llamó Pantalla Abierta. Lo hacíamos Julio Lagos, Orlando Marconi y yo. Había que buscar un “gancho” para el televidente, una especie de concurso, y se me ocurrió la “perla”. Puedo decir que la inventé; yo sabía que en las películas había errores, pero nunca nadie los había explotado. Lo había descubierto en la película Helena de Troya, una superproducción, donde en medio de una batalla se ve despegar un jet. En esa época no había posibilidad de corregirlo, hoy quizá con la computación sí. A la gente del canal le pareció bien y así nació la “perla”. Después hubo un paréntesis. Cuando Sofovich regresó a la televisión me pidió la “perla”. La repercusión en La noche del domingo fue muy ruidosa, con alcance internacional: Hollywood se enteró y en el ’87 editaron dos libros; hoy en día la “perla” está en Internet. Raúl Portal reconoce que la idea es mía.

-¿Cuántas películas vio?

-Desde los cinco años hasta los trece no dejé un solo día de ir al cine (después fui un poco más espaciado). Así calculé unas 49.000 películas, un número que no digo con carácter de fanfarronería. En la época en que yo era un chico, y hasta el año ’57, los cines cambiaban la programación todos los días y daban, en promedio, tres películas por día. A veces salía de un cine y me metía en otro: entonces veía seis por día. Solía ir al Edén, en Guanacache (hoy Roosevelt) y Bauness, y después me cruzaba al 9 de Julio.

¿Qué opinión tiene sobre los cines de barrio y su muerte?

-La desaparición de los cines de barrio fue consecuencia, en primera medida, de la televisión; luego de la progresiva disminución de dinero en el bolsillo. El precio de la entrada es muy caro, porque no es lo mismo pagar siete dólares en Estados Unidos que acá. Esta ceremonia que significaba ir al cine -vestirse, viajar e ir a comer una pizza- implicaba un gasto demasiado grande. Sobre todo si lo comparamos con la televisión que, en ese momento, daba las películas gratis. Digo en ese momento porque hoy hay que pagar el cable. Y luego aparece el video. Yo creo que la desaparición de los cines de barrio, más allá del aspecto sentimental, es lamentable.

Un fenómeno de esta década son los multicines. ¿A qué se deben?

-Surgen de las necesidades holywoodenses de conseguir salas de proyección para todas sus películas. Mientras películas importantes se perpetuaban en cartel, quedaban en la estantería películas que después pasaban de moda. El primer complejo de multicines -yo diría de multimicrocines- se instaló en Los Ángeles con 17 salas, a fin de poder dar salida a muchas películas de categoría inferior. Si vos ibas a ver Lo que el viento se llevó y no había más localidades, no te ibas a volver; te metías en otra sala. En la Argentina prendió porque los cines debían rendir una cifra de espectadores determinada para que se permitiera la continuidad de la película en cartel, lo que se llamó la media. Los multicines son más comerciales que cinematográficos y la película juega un papel secundario. Son para explotar el pochoclo, la gaseosa y el merchandising.

-¿Cómo ve al cine argentino?

-La gran falencia del cine argentino es el guión. No aprendió la lección: imita y se transforma en mal imitador. Excepciones son La Tregua, que es la más auténtica, Quebracho y La Patagonia Rebelde. Pero cuando del Proceso han pasado unos cuantos años, se siguen haciendo películas que explotan el problema que se vivió, que nadie ignora ni debemos olvidar, pero no se puede ser monotemático. Películas como Perdido por Perdido o El mismo amor, la misma lluvia representan el cine que hay que buscar.

-¿Cuál es su postura frente a la televisión?

-No sólo por decir malas palabras se es transgresor. Creo que la inteligencia, el ingenio y el talento tienen que estar. Yo no veo televisión; sí veo cine a través de ella. Cuando digo que el único canal que veo es Volver estoy diciendo qué opino de la televisión. Porque en Volver está la verdadera televisión argentina, donde había que resolver las situaciones con inteligencia, con la viveza criolla. Sin los elementos con que se cuentan hoy en día, ves a Biondi o a Piluso. Es cierto que todo tiempo pasado fue mejor.

-¿Nos puede recomendar algunas de las grandes películas que vio?

-Del cine argentino, es inevitable que cuando se hace una lista de las mejores películas aparezcan Prisioneros de la tierra, de Mario Soffici, de 1939, y La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera. Después destaco la primera de El Padrino, de Coppola; La quimera del oro, de Chaplin; Amarcord, de Fellini; El Gatopardo, de Visconti; Un día muy particular, de Ettore Scola; y Érase una vez en América y Novecento, de Bertolucci.

La extensa charla toca a su fin y es el momento de la despedida. El hombre de las casi 50.000 películas se opone a que paguemos la cuenta y, como si no fuera suficiente gesto, nos obsequia un libro suyo de reciente aparición: Secretos y anécdotas del cine argentino y sus protagonistas. La dedicatoria es por demás elocuente: Para El Barrio, excelente aporte periodístico para esta barriada impar de “Villurca”. Afectuosamente, Gogo Safigueroa.

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