La ruptura amorosa que, hace casi un siglo, alejó a Borges de Villa Urquiza

El final de su noviazgo con Concepción Guerrero motivó que, en los años 20, el escritor decidiera a través de un poema terminar la relación con el barrio: “Esta es la última vez que hacemos un verso”.

  • 71
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

El 24 de agosto de 1899 nacía Jorge Luis Borges, máximo referente de la literatura argentina. Mucho se ha hablado, se habla y se hablará sobre él cada vez que se conmemore alguna fecha vinculada a su vida y obra. Hace algunos años, nuestro recordado colaborador Eduardo Criscuolo contó una historia poco conocida del escritor. Su “desengaño” con Villa Urquiza, el barrio donde hace un siglo solía visitar a su primera novia, Concepción Guerrero. Reproducimos a continuación el texto, que se adentra en las relaciones sentimentales del autor de Ficciones.

Borges fue un incansable transeúnte de Buenos Aires y se internó en los barrios alejados, todavía con olor a pampa. Carlos Alberto Zito, en su libro El Buenos Aires de Borges, describe con acierto: “Se trata de registrar los lugares de la ciudad que están presentes en su obra. Las calles suburbanas de sus poemas, las casas y los barrios en que transcurren sus cuentos y hasta los rincones imaginarios que creó en sus ficciones. El primero de esos dos Buenos Aires, el que fue demarcando a lo largo de todo el siglo como su territorio de vida, concierne más al Borges civil que al célebre escritor, del cual él mismo quiso siempre tomar distancia: ‘Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel: de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico'”.

En otra oportunidad Borges comentó: “Con Francisco Luis Bernárdez salíamos a explorar Buenos Aires, siempre en sábados o domingos. Llegábamos en la madrugada a Puente Alsina o al fondo de la Chacarita o al barrio de Saavedra, donde vivía Xul Solar. Allí nos palparon de armas dos veces, porque entre Cabildo y la estación que ahora se llama Rivadavia se extendía una zona muy brava. Había un gran monte de ombúes, una ranchería, el arroyo Medrano y, atrás, una chacra. Eramos muy jóvenes y con Bernárdez, no sé si esto debo confesarlo, estuvimos (yo mucho más que él) a punto de convertirnos en borrachos, porque así éramos más criollos y porteños”.

Borges frecuentaba Villa Urquiza en los años 20 para visitar a su primera novia.

El tamaño de mi esperanza
En su libro El tamaño de mi esperanza (Proa, 1926), escrito a los 25 años y al que más tarde desheredó -como dice Zito- impidiendo en vida toda reedición, Borges comenta: “A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa” y luego agrega: “Aquí no se ha engendrado ninguna idea que se parezca a mi Buenos Aires, a este mi Buenos Aires innumerable que es cariño de árboles en Belgrano y dulzura larga en Almagro y desganada sorna orillera en Palermo y mucho cielo en Villa Ortúzar y proceridá taciturna en las Cinco Esquinas y redondel de pampa en Saavedra”.

“Alrededor de los años 20 habla de Villa Urquiza y promete que nunca más va a volver a mencionarla explícitamente, a mi entender porque ese barrio porteño está asociado con Concepción Guerrero, la joven de la que se enamoró después de su primer estancia en Europa”, especuló la académica Ruth Fine. “Una promesa que cumple, porque no vuelve a mencionar más a Villa Urquiza en su poesía, una declaración que encontramos oculta hace cuatro décadas”, concluyó. Esto dice el poema hallado por Fine:

Villa Urquiza, hemos dialogado firme en las tardes
y esta es la última vez que hacemos un verso.
Sé que para merecerte, debo ignorarte;
para que estés en mi corazón,
no debes estar en mi canto
¡mi intimidad y mi silencio sean tuyos
y sea conmigo el beneficio de tus ocasos!

A mediados de la década del veinte, Borges frecuentaba la casa de la familia Lange, en Tronador al 1700. Centro de reuniones literarias, allí se leían poemas y se escuchaba música. En una de sus tantas visitas a la residencia conoció a Concepción Guerrero, una muchacha de 16 años con una larga trenza y grandes ojos oscuros. Se declararon su mutuo amor en las modestas calles que en aquel momento pertenecían a Villa Mazzini.

Con 16 años, Concepción Guerrero enamoró a Borges por su larga trenza.

Este barrio, delimitado por las avenidas De los Incas, Alvarez Thomas, Olazábal y Melián, fue cortado en dos por la calle Pampa (hoy La Pampa). La mitad norte fue absorbida por Villa Urquiza y la mitad sur por Villa Ortúzar. La musa de los textos que configuraron Fervor de Buenos Aires (1923), primer libro de poemas de Borges, fue esta muchacha. El académico y poeta Angel Mazzei recuerda que, para verse al atardecer con su amada, Borges salía de Palermo a mediodía y caminaba hasta Villa Urquiza.

A pesar de la oposición de ambas familias, la pareja formalizó un noviazgo que duró cerca de tres años. A ella le dedicó el poema Sábados (“a mi novia, Concepción Guerrero”) que se incluyó en Fervor de Buenos Aires, de 1923. “En nuestro amor hay una pena / que se parece al alma. / Tú que ayer sólo eras toda la hermosura / eres también todo el amor, ahora”.

Borges también le dedicó la primera edición de El tamaño de mi esperanza: “A la señorita Concepción Guerrero, con la admiración y el respeto de Georgie”. Pero la relación no progresó y se disolvió.

Sumamos a este informe el testimonio del escritor argentino Mario Paoletti, que echa luz sobre la ruptura amorosa: “Novias, lo que se dice novias, Borges tuvo sólo tres: Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros y Estela Canto. A Conchita la conoció a su regreso del primer viaje a Europa, tras siete años de ausencia (entre los 14 y los 21), cuando redescubrió la ciudad en la que había nacido pero que hasta entonces sólo conocía por sus visitas infantiles al zoológico, a la Biblioteca Nacional o a unos parientes que vivían en San Telmo. En carta a Jacobo Sureda, su amigo mallorquín, describe a Conchita como niña y pobre, muy hermosa, hija de padres andaluces, de la que está enamorado totalmente, idiotamente. También alaba la blancura gloriosa de su carne.

Prosigue Paoletti: “Conchita tenía dieciséis años (y él veintidós), ojos negros y una gran trenza también negra. Cuando yo la abrazo, ella se estremece. Su proyecto, le dice a Sureda, es volver a Ginebra a terminar el bachillerato y regresar a Buenos Aires para casarse. A principios de 1923 los Guerrero autorizan a Borges a visitarla en su casa de Villa Urquiza, casi en el borde de la ciudad, los días sábados por la tarde. Borges hace su nuevo viaje a Europa, que dura casi un año (trescientos días como trescientas paredes) y regresa en julio de 1923 a casa de los Guerrero y a las citas con Conchita, pero las relaciones van deteriorándose. Para colmo, ella se ha cortado la trenza. Borges decide romper. Será una de las dos únicas veces que Borges tome esa iniciativa”.

Historia de la eternidad
Borges murió el 14 de junio de 1986 en la misma ciudad que de joven lo vio estudiar y crecer intelectualmente: Ginebra. Está enterrado en el cementerio de Plainpalais de esa ciudad, no lejos de la tumba de Voltaire. Hay algunos que dicen que la tumba de Borges es sencilla: una piedra con unas flores y unas inscripciones. Sencilla será esa gente: a mí la tumba de Borges me parece preciosa y llena de significado. Es la tumba de un gran escritor. Hay tres colores: el gris, el rojo y el verde, hay un dibujo, hay dos cifras (los años de nacimiento y muerte) y hay, por supuesto, palabras: héroes, alegorías, leyendas. Literatura.

Borges está enterrado en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra.

Debajo del nombre de Jorge Luis Borges -una inscripción que, sin perder la elegancia, parece tallada a mano de manera fatigosamente rústica y en una época muy antigua- tenemos el dibujo central de la lápida. Es circular y encierra una hilera de cuerpos que, pegados unos a otros, marchan con las armas en alto a lo que sería un destino serio y solemne que viene a ser el destino de todos: la muerte. Debajo del dibujo hay un epitafio en anglosajón, aquel inglés antiguo cuyo apasionado estudio entretuvo a nuestro escritor durante tantas noches.

And ne forhtedon na

Esta frase es el verso de un poema épico en donde un guerrero, un héroe llamado Býrhtnod, arenga a sus soldados antes de correr a batirse con una partida de vikingos daneses en el año 991; la batalla de Maldon. Lo que dice la frase es lo siguiente: “Y jamás temieron”.

Comentarios Facebook
  • 71
  •  
  •  
  •  
  •  
  •