Los Imperdonables

Los Imperdonables

(Edición del Mes: 8 Año: 2002 )

La conjura de los elefantes

Ignatius de Melk

Los imperdonables

La conjura de los elefantes

Por Ignatius de Melk

Eduardo Duhalde le estaba prendiendo velas a todos las imágenes de los santos para que Carlos Reutemann aceptase la candidatura a presidente. El despacho parecía una iglesia.

-Diosito, yo te pedí una vez que Banfield saliera campeón. Te prometo que si Lole dice que sí no te molesto más con cuestiones futbolísticas -imploraba como un monje.

Chiche esparcía sahumerios por la habitación para ahuyentar al diablo de Anillaco. Un Secretario de Estado entró con la mala noticia.

-Lole dijo que no -anunció con tono fúnebre.

De la bronca, Duhalde puso en penitencia a todos los santos.

-Esta es otra tramoya de Menem -vociferaba a los cuatro vientos, mientras rompía los afiches de campaña que decían “Duhalde conducción, Reutemann al volante”.

Duhalde se sentía más acorralado que un depósito en dólares. Había apostado todas sus fichas por el ex corredor de carreras y lo único que había obtenido era un desaire.

-Debo estar orinado por elefantes gigantes: prometí que el 9 de julio festejaríamos la reactivación y el único rubro en alza es el de los cartoneros, dije que el que tenía dólares recibiría dólares y lo único que tenemos son billetes del estanciero -enumeraba sus desgracias el presidente. En un cambio de frente espectacular los teléfonos comenzaron a llamar a Córdoba.

-Yo le dije siempre a Chiche que vos eras el candidato ideal, gallego. El más preparado, el más seductor, el más carismático -lo adulaba al gobernador José Manuel de la Sota.

Como se ve, las preferencias presidenciales cambian de color como el camaleón.

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