(Edición del Mes: 2 Año: 2000 )

Magda Frank es una destacada escultora de 85 años que vive en Saavedra. Nació en Hungría y fue perseguida por el nazismo y el comunismo.

Daniel Artola

Magda Frank

De Transilvania a Saavedra

Magda Frank es una destacada escultora de 85 años que vive en Saavedra. Nació en Hungría y fue perseguida por el nazismo y el comunismo. Llegó por primera vez a nuestro país en 1950. Sus obras, en piedra, mármol y bronce, se conocen también en Europa. En esta nota cuenta sus recuerdos de la infancia y cómo se inició en el arte.

Por Daniel Artola

Magda Frank es frágil. Esa es la primera palabra que se me ocurre cuando la veo abrir la puerta de su casa museo de Vedia 3546, en Saavedra. Me recibe con una sonrisa y, con voz suave y apenas perceptible, me invita a pasar. Dice que me estaba esperando, que poca gente visita sus obras. Es una lástima, claro, que nos perdamos la oportunidad de acercarnos a esta escultora consagrada con una veintena de monumentos repartidos por las plazas y los paseos públicos de Francia. Allí, en la tierra de Napoleón, fue reconocida por el mismísimo André Malraux, prestigioso intelectual que publicó La condición humana y fue Ministro de Cultura francés en los años ’60, que la recomendó al Gobierno para que le encargase la construcción de las esculturas.

La historia de Magda se remonta a Transilvania, Hungría, donde nació el 20 de julio de 1914. Su padre vino de Asia y su madre de Viena. Era un matrimonio pequeño burgués que le brindó la posibilidad del estudio y el contacto con la literatura. “Para los cumpleaños se encargaba un título a la librería y lo mandaban a casa”, recuerda la artista y aprovecha para recomendar esta práctica a los padres de hoy en día. Magda habla pausado y bajo, casi susurrando, las palabras que suenan a francés, a castellano y a húngaro. Cada país por el que pasó le dejó un acento particular en su decir.

Mientras caminamos por el edificio de tres plantas, describe las esculturas y señala que son figuras rectangulares que siempre remiten al cuerpo humano. Hay trabajos en piedra y palo santo. Y hasta un homenaje a un mosquito que la acompañó en un cuarto de hotel y apareció muerto sobre su almohada. Parece que para nuestra entrevistada la inspiración artística esta en todas partes, hasta en un molesto mosquito. Será por eso que no quiere que corten el pasto de su jardín.

-Mire que belleza las formas de las plantas, mi hermano quiere cortarlas pero yo digo que no porque ahí esta la naturaleza expresándose -apunta con firmeza.

Magda Frank es diminuta, de cabellos grises y ojos claros. Al verla uno se pregunta de dónde saca fuerzas para tomar el martillo y el cincel y darle forma a una piedra que le trajeron de la calle.

-Cuando no trabajo me canso -dice y le pide perdón a sus obras inconclusas por no darles todo el tiempo que merecen.

Ella vive sola, pero no es así. Tiene sus esculturas y un hermano que la acompaña y que le levantó el edificio para que ella pudiera reunir sus obras. En el ’95 se vino de Hungría a Saavedra. Del barrio conoce poco, apenas el camino que va a la despensa. Está acostumbrada a los viajes y los cambios. Después de perder a su familia en manos de los nazis, pasó por Suiza y de allí, en 1950, se fue a la Argentina, donde ya vivía su hermano; años más tarde volvería a armar las valijas para ir a Francia. En nuestro país participó del “Grupo de los Veinte”, junto a Aurelio Machi, entre otros. Propuso la creación de un arte argentino alejado del modelo decadente de Europa y más cercano a la cultura de nuestros aborígenes, que ella estudió en detalle. “Todos tenemos algo de europeos, pero un país se desarrolla con el arte de los antepasados y el aporte de la tierra donde se vive”, sentencia con firmeza.

Las historias se van sucediendo a medida que fluyen en la memoria, a borbotones, con menos fechas pero con más atención a las emociones de los momentos vividos. Entonces aparece su época de brillante estudiante de matemáticas, su paso por la arquitectura y sus clases de piano. Y el día que talló su primera escultura.

-Estaba muy enferma, postrada en la cama, y mi hermano me dijo que tenía que hacer algo para distraerme. Al día siguiente me trajo arcilla de la mueblería familiar. La tome en mis manos y se deshacía. Cuando se secó estaba dura. Tomé un cuchillo y empecé a darle forma. Así empecé, hasta que fui a estudiar y nunca más dejé de trabajar.

 

Debido a su pasión por la escultura rompió su matrimonio.

-Pasaba tantas horas estudiando que mi marido me dijo que me daba un mes de plazo para elegir entre la escultura o él. Yo no tarde tanto en decidirme. Me saqué el anillo y se lo entregué -narra Magda.

A pesar de la separación, guarda un buen recuerdo de aquel hombre porque siempre la ayudó en los momentos difíciles. Porque esta mujer de sonrisa franca fue perseguida por el nazismo y luego por el comunismo. Ahora está preocupada por el destino de sus esculturas. Quiere saber quién las cuidará cuando ella ya no esté sobre este mundo. Por eso la entusiasma el acercamiento de la gente del Museo Saavedra, que el año pasado organizó una muestra y proyecta actividades para este que comienza.

Mientras me prepara un café, leo los recortes que hablan de ella: hay diarios franceses y argentinos que elogian sus presentaciones. Testimonios de un pasado imposible de olvidar. Ya en el final de la charla me regala una frase: la vida de uno vale por lo que deja a quienes le suceden. Y veo en sus ojos cierta emoción. También cuenta que le gusta escribir. Se inspira en sus esculturas, porque cada una de ellas guarda una historia. En verdad, su vocación por la escritura se remonta a su infancia, pero esos textos se perdieron por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Magda Frank ha conocido la crueldad del ser humano, capaz de exterminar a sus congéneres en cámaras de gas y campos de concentración. Será por eso que el escepticismo la embarga y juzga que no existe sobre la tierra otro animal más cruel que el hombre. Son las huellas imborrables de la guerra en una persona que fue testigo de su violencia. Se acuerda de la directora del Museo de Hungría, que tenía padres de origen judío-cristianos que fueron víctimas de las cámaras de gas.

Me dice que la pasó muy bien y que está contenta de tener un nuevo amigo.

-Tengo un amigo en Francia que para mi cumpleaños pone una flor en una escultura. Quizás usted haga lo mismo.

Y yo le digo que sí.

Comentarios Facebook

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.