Sus obras son íconos dentro de la arquitectura argentina del siglo pasado y parte del actual. Siempre involucrado con el movimiento moderno, ha sabido dejar su sello particular en cada uno de sus edificios. En el barrio de Villa Ortúzar encontramos la famosa Casa Nujimovich, ubicada en la calle La Pampa.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Mario Roberto Álvarez fue uno de los arquitectos más fructíferos de la Argentina del siglo XX, incluso llegando hasta el nuevo milenio. Nacido en Buenos Aires en 1913, fue un ferviente seguidor del modelo racionalista. Su éxito se debe principalmente a haber mantenido una línea arquitectónica que no tenía que ver con las modas ni con los estilos, sino con sus principios.
Egresó del Colegio Nacional Buenos Aires en el año 1931 con medalla de oro. Allí participó activamente como presidente del Centro de Estudiantes, lo que mostraba el perfil de liderazgo que mantendría a lo largo de su vida. Años después, al egresar de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, volvería a recibir el mismo galardón que en la secundaria. Esto le serviría como trampolín para lanzarse hacia Europa para continuar sus estudios, viaje en el que tuvo la oportunidad de conocer personalmente a arquitectos de la talla de Jacobsen, Mendelson, Marcello Piacentini (arquitecto de Mussollini) e incluso Albert Speer (arquitecto de Hitler). Además, la eficacia de su trabajo lo llevó a formar parte del American Institute of Architects de EE. UU. Vale destacar también la gran cantidad de premios y menciones que recibió por su excelente y larga trayectoria.
Sus primeras obras datan del año 1937, aunque tuvo que aguardar diez años para poder tener su propio estudio. La esencia de su estilo se basa la simplicidad de las formas racionalistas y el uso de nuevas tecnologías, que le permitieron jugar con la morfología y los diseños. Uno de los ejemplos más destacados es el Edificio Somisa, realizado en el año 1966, junto al Teatro San Martín (1960, con el arquitecto Macedonio Ruiz) y la torre IBM en Catalinas Norte, construida a inicios de la década del 80. Si bien fue catalogado como un arquitecto pragmático, bastante acercado a la ingeniería, se puede decir que también brillaba en su interior un espíritu artístico. Este aspecto quedó demostrado al haber sido miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes, como así también de la Sociedad Central de Arquitectos.
Asimismo, recibió el premio Dr. Honoris Causa de distintas universidades, entre las que se encuentra la de Buenos Aires, la Católica de La Plata, la de Perú y la Universidad Argentina John F. Kennedy. Su éxito trascendió las fronteras continentales en el año 2003, cuando le fue otorgado el Premio a la Excelencia en el Concurso Internacional para el Desarrollo del Área Norte de la Ciudad de Osaka, en Japón. En 2007, por su parte, recibió uno de los galardones más importantes que hace a la persona y a su trayectoria profesional: fue nombrado Ciudadano Ilustre por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Hasta sus últimos años de vida (falleció en 2011) ejerció con pasión y entusiasmo su profesión, figurando entre los más importantes referentes del movimiento moderno en Argentina, como así también del racionalismo. En sus pensamientos sobre la elección de esta carrera, aseveraba que siempre tuvo asociada la idea de arquitectura con el progreso. Planteaba la utilización de nuevas tecnologías y materiales, de los cuales saldría una arquitectura más flexible, adecuada a los cambios de uso y que ayude a que los edificios no se vuelvan obsoletos a futuro.
En ese sentido, Álvarez se había vuelto muy crítico de aquellos profesionales que buscaban aplicar las formas de los siglos pasados a los nuevos edificios, con el fin de generar un protagonismo estético pero descuidando la utilidad de la construcción. Desde el punto de vista urbano, hablaba de la necesidad de crear una autopista ribereña por detrás de Puerto Madero, que solucionaría varios problemas de comunicación que tiene la ciudad, proponía ampliar la red de subterráneos y soterrar todos los ferrocarriles e incluso planteaba la idea de relocalizar el Aeroparque.

Álvarez estampó su sello en Villa Ortúzar, donde se destaca la Casa Nujimovich de la calle La Pampa.

Obras y conceptos relevantes
Álvarez siempre afirmó que tuvo la vocación de ser arquitecto desde muy temprana edad y que no se había equivocado con la profesión elegida, algo que quedó plasmado en toda su obra. Además de los tres importantes trabajos mencionados anteriormente, se destacan la remodelación del Teatro Nacional Cervantes (1961), el puente de Juan B. Justo (derribado el año pasado), el Sanatorio Güemes (1970), el Club Alemán ubicado en la calle Corrientes (1972), la Galería Jardín, la Bolsa de Comercio de Buenos Aires y la remodelación del Teatro Colón (1977).
En 1987 realizó, en la esquina de Maipú y Arenales, el edificio de oficinas para American Express y a partir de los años 90 desplegó su talento con un grupo de grandes rascacielos: la torre Le Parc en el barrio de Palermo, la torre Galicia Central en San Nicolás (que en su momento fue muy cuestionada por su intervención patrimonial) y el Hotel Hilton, de Puerto Madero. En el tramo final de su carrera proyectó, junto a César Pelli, el Edificio República, también en San Nicolás, una obra emblemática no sólo por su calidad sino también por la relevancia de sus autores.
Cuando se le preguntaba sobre el Aeroparque, Álvarez mantenía aquella vieja idea de trasladarlo y de ser posible recuperar la propuesta de la “aeroísla”, proyecto que ya habían planteado Le Corbusier y Amancio Williams. Justificaba esta idea argumentando que, al estar alejado unos 2.000 metros de la costa, se evitaría cualquier tipo de accidente dentro de la ciudad. Otra de las ideas que siempre sostuvo fue la de una ciudad con torres, es decir que se extendiera de forma vertical y no horizontal. Si bien se puede estar de acuerdo, particularmente pienso que aquellos barrios que ya están consolidados no deben perder su identidad en favor de las grandes edificaciones. En ese sentido, destacaba que había una mejor construcción con respecto al pasado, pero por otro lado planteaba la necesidad de un certificado que asegurara la calidad de la obra. Pensaba que debería haber, como en Nueva York, una comisión que permitiera o desaprobara el resultado exterior de las edificaciones.

Álvarez en Villa Ortúzar
La calle La Pampa es el límite administrativo que divide a Belgrano R de Villa Ortúzar. Sobre esa arteria, en el 3780, se encuentra la Casa Nujimovich, una construcción muy particular que realizó Álvarez en 1974. En este rincón típico de aire bucólico, donde aún perduran las casas con techos color teja y las calles con grandes arboledas, la modernidad de Álvarez marcó un nuevo compás en la geometría arquitectónica del barrio. De todas formas, esta no es la única construcción de líneas modernas, ya que a pocas cuadras de allí, sobre la misma calle, se encuentra un ícono de este movimiento: la vivienda realizada por el arquitecto Wladimiro Acosta, que alguna vez ya hemos analizado.
Volviendo a la Casa Nujimovich, vale destacar su permeabilidad. Esto permite vislumbrar el fondo de la vivienda, que a su vez une el verde del exterior formado por el retiro de la línea municipal. El prisma superior, aparte de marcar la horizontalidad de la vivienda al encontrarse un poco más adelantado, crea un semicubierto en la planta baja. Así la casa se desdobla en dos niveles: una planta inicial, donde se desarrollan el acceso y los servicios por delante, y en el fondo un gran jardín, mientras que en el nivel superior se despliega el resto de los ambientes.
Desde la calle, ese gran prisma blanco se puede asociar visualmente con un bunker o algo parecido. Esa volumetría, despojada de todo tipo de decoración, con sólo una pequeña abertura, nos transmite una sensación de fortaleza. Sin embargo, la cara opuesta de esta construcción es permeable y se abre hacia el interior. La síntesis volumétrica, la sensación de planta baja libre y la geometría tan pura y aséptica hacen de esta casa un interesante ejemplo de arquitectura moderna.
Como corolario de la vasta obra de Álvarez, rescatamos estas palabras: “Nunca creí que había llegado a ningún punto. Siempre traté de hacer lo que tenía que hacer y de hacerlo lo mejor posible”.

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