Pepe tiene 75 años y atiende el kiosco de Av. Congreso y Ceretti desde hace 54, récord que lo convierte en el comerciante más antiguo de la Siberia urquicense. “Sé que los vecinos me aprecian y se los agradezco”, dice el oriundo de Galicia, después de la masiva repercusión que generó una nota publicada en mayo. En una charla íntima, nos cuenta su historia.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

“Primero Pepe, después Urquiza”. “¡El más grande!”. “Siempre atento y amable”. “¡Un genio!”. “Hermoso recuerdo de mi infancia”… La nota publicada en la edición de mayo del periódico, que titulamos “La esquina congelada en el tiempo”, provocó una lluvia de anécdotas y comentarios de los vecinos en las redes sociales y nos permitió descubrir, a su vez, al personaje barrial más querido del que tengamos conocimiento.
Hablamos de José Benito Fernández -Pepe, para todos-, que atiende desde antaño el kiosco emplazado justo en la esquina de Av. Congreso y Ceretti. Por su bondad y don de gente, quedó impregnado en la memoria de por lo menos tres generaciones de habitantes de la Siberia urquicense, ese rincón que parece inmutable al transcurrir de los años. “Estoy muy agradecido por la nota que hicieron. Es mucho el tiempo que llevo acá”, dice este hombre bajito, de escaso pelo y nariz puntiaguda, mientras abre el estante imaginario de los recuerdos y se apresta a ponerlos sobre el mostrador.

-¿Hace cuánto está aquí?
Desde el año 1965. En esa época vivía en Valdenegro y Núñez. El negocio lo fundé yo, como juguetería, kiosco, mercería y librería. Antes era una propiedad habitable, antigua, con árboles adentro. Para hacer el local eliminé dos piezas. Tenía 21 años.

-Vecinos que hoy tienen entre 40 y 50 años todavía recuerdan los juguetes que usted vendía.
-Eran importados, los mejores que había en ese momento. Antiguamente, en el local había dos vitrinas, una para perfumería y la otra para mercería. A más altura tenía todos los juguetes colgados. Me acuerdo de los robots automáticos que abrían el pecho y caminaban o de los coches volcadores que golpeaban la pared y volvían. Cuando los chicos venían a comprar, en vez de atenderlos, me ponía a jugar con ellos. Una vez un cliente me dijo: “Escuchame una cosa, mi hijo tiene un año y dice Pepe en vez de papá. ¿Vos no serás el padre?”. Esos son recuerdos impagables.

De repente, una mujer irrumpe en el local y la entrevista entra en pausa:
-Hola Pepito, buen día. ¿Tenés hilo de coser oscuro? Es para una mochila.
Expeditivo, el hombre se escabulle en los estantes inferiores y, de una pequeña caja de madera, saca el tesoro.
-Acá está, son diez pesos -le informa y la despide. Continuemos…

“Antiguamente, para el Día de Reyes, abría el 4 de enero a las seis de la mañana y cerraba recién el 6 a la medianoche -recuerda Pepe, retomando la conversación-. En ese momento era una juguetería única. Hoy los chicos ya no compran más juguetes y prefieren la tecnología”.

-¿Qué es lo que más vende en la actualidad?
-Cigarrillos, básicamente, y golosinas. De librería se lleva algo, pero las compras de principios de año se hacen en los grandes locales, porque la gente puede pagar con tarjeta de crédito. Yo también tendré que poner cuando me lo pidan. Ahora hasta quieren que me haga un correo electrónico…

-¿Qué edad tiene? Era la duda de muchos lectores.
-Parece mentira, pero ya voy para los 76 años. Gracias a Dios ando bastante bien de salud. Hay un muchacho que a veces me ayuda a atender cuando tengo que hacer algún mandado, pero estos días no estuvo bien y lo acompañé al Pirovano. También suele estar mi amigo Esteban, que atiende el taller de calzado de la vuelta.

¿Cómo se conforma su familia? ¿Tiene hijos?
-No, en su momento no se dio. Vivo acá al lado del local con mi esposa Marta, que siempre me acompaña. En una época, cuando abría a las 5 de la mañana y cerraba a las 2 del día siguiente, también me ayudaban mi mamá y mi hermano Antonio. Muchos lo recuerdan porque durante 20 años atendió una tintorería, conocida como “la del Gallego Antonio”, en Ceretti 3182. Falleció en el Pirovano, muy joven, en el año 87. Lo acompañaron 42 coches de amigos hasta la Chacarita, en filas de tres por la Avenida Triunvirato. Ese sí que era un fuera de serie.

Pepe inclina ligeramente la cabeza hacia arriba y parpadea, tratando de recuperar imágenes perdidas entre los pasillos de la memoria. En eso llega una joven, de parte del proveedor de golosinas, con el libro de productos para ofrecer. Tras una vista rápida del mostrador, el entrevistado pide chicles de menta y caramelos de miel, Titas y Rhodesias, alfajores surtidos y chocolates.

-Acordate que esta semana vienen con aumentos de entre un 5 y 10 por ciento -le advierta ella.
-No comprás nada y son 1.700 pesos. Qué bárbaro… – se resigna él.

-¿Cómo hace para equilibrar los precios?
-Es muy difícil. Trato de mantenerlos, aunque me dé menos ganancia. Los vecinos vienen porque uno los atiende bien y no los mata con los precios.

-Sigue poniendo papelitos con el valor de cada golosina, algo que ya no es común.
-Es que hay tantos precios que uno se olvida…

-Imagino que deben haber habido épocas difíciles en todos estos años.
-Sí, siempre hay, pero en este momento se complica más. No sólo por la edad, sino porque hay gastos que ya no se pueden cubrir. Antes pedía mercadería a patadas y tenía cuenta corriente en Bagley, Terrabusi, Canale y Felfort. Imaginate que para Pascuas encargaba 40 cajas de huevos de chocolate…

-Hola Pepe, ¿me das una botellita de agua? Si está al natural, no hay problema.
El hombre se encorva con agilidad y abre el refrigerador, que está debajo del mostrador.
-Acá está, te doy sorbete también. ¿Cómo te fue en el oculista?
-Voy ahora. Después vengo y te cuento.

Cuántas historias le habrán contado en todo este tiempo…
-Decí que soy mal escritor, porque si no hubiera escrito un libro. Antes era todo más familiar. A la noche, después de cerrar, nos poníamos a tomar mate en la calle. ¿Quién lo va a hacer ahora? ¡Te cagan a palos!

Pepe y la esquina de Congreso y Ceretti, su lugar en el mundo, donde atiende desde hace 54 años.

-Cuéntenos un poco su historia. ¿Dónde nació?
-En Galicia, España. En el año 50 vino mi papá y en el 56 mi mamá, conmigo, con mi hermano y una tía.

-¿Se asentaron en Villa Urquiza?
-Sí, a 20 cuadras de acá, en Valdenegro y Núñez. Por entonces yo tenía 13 años.

-Muy chico. ¿Le costó acostumbrarse a la nueva vida?
-Por suerte no. Terminé la primaria y después ya empecé a trabajar, porque la situación era dura. Mi papá tenía problemas de corazón.

-Hola Pepe, ¿cuánto cuestan estas tres pilas? -inquiere un hombre de unos 80 años.
-32 pesos cada una, pero dame 90.
-Tengo 92, te debo cuatro mangos.
-Por favor, Jorge, no me debés nada.
-Gracias, Pepito. ¿Tenés un papel así te anoto algo para que le lleves a la doctora? Es un polvito que tomé para los huesos y me hizo muy bien.

La charla entre ambos, que comienza con una simple recomendación médica, se extenderá por más de 30 minutos, en un delicioso ping-pong de anécdotas y recuerdos. Así transcurren las mañanas en la Siberia urquicense. “Pepe sale del local y no puede hacer los mandados por la cantidad de gente que lo para. Hasta los colectiveros le tocan bocina”, asegura el verborrágico vecino, que conoce al entrevistado desde hace 46 años.

-Me estaba contando de su infancia. ¿A qué se dedicó su padre cuando llegó?
-Trabajaba en el Club de Residentes Extranjeros, a una cuadra de la Casa de Gobierno, en el sector de maestranza. En el 55, cuando bombardearon Plaza de Mayo, él estaba ahí. Después pasó a ser ascensorista, porque sufría del corazón.

-Usted no llegó a cursar la secundaria, ¿verdad?
-No, hice sólo la primaria y empecé a trabajar. Del 60 al 70 fui encargado en tres locales gastronómicos.

-¿Volvió a España alguna vez?
-Sí, en el 86. Iba a ir de nuevo en el 87, pero se enfermó mi hermano. Nunca más volví.

-¿Le gustaría ir?
-Sí, pero es muy difícil. Aparte del dinero, acá estoy solo. Este es mi medio de vida.

-¿Cuál es el secreto para perdurar tantos años?
-No sé, es difícil. Diría que trabajar mucho y tener paciencia con los clientes.

-¿Hay algún mensaje que le quiera dar a los vecinos?
-Sé que me aprecian y se los agradezco. Son muy buena gente.

-¿Hasta cuándo va a trabajar?
-Por ahora, mientras la vida nos dé fuerzas, seguiremos.

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6 Respuestas

  1. Diego

    Un grande Pepe y otro grande Antonio. Pase muchos años de mi vida en la tintorería. Lindos recuerdos

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  2. Bocha

    Tengo 50 años y los conosco desde los 5 años, toda una institucion Pepe en la esquina de Congreso y Ceretti, en las Fiestas sacaba la Pirotecnia a la vereda y se llenaba de gente, un abrazo Gallego

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  3. Mariela.

    Uyyy Pepito querido! Cuántos recuerdos!!! Buena gente. El mejor kiosquero lejos. . Ojala esta crisis no haga q tengas q cerrar este local q no solo es tu fuente de trabajo, sino tu vida entera.

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