Alfredo Joselevich y Alberto Víctor Ricur fueron de los arquitectos más destacados del país dentro de este estilo. Si bien se formaron bajo los lineamentos académicos, la mayoría de sus obras tiene un tinte moderno, pero adaptado a nuestra Ciudad. Uno de sus edificios se encuentra en el límite de Villa Ortúzar y Belgrano y aquí lo analizamos.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Los arquitectos Alfredo Joselevich y Alberto Víctor Ricur realizaron juntos un gran número de obras de gran envergadura, mayormente de estilística moderna. Ambos habían recibido la formación académica que regía durante la década del 30, tendencia que se impartía en todas las facultades del país por aquellos años. En este caso, tanto Joselevich como Ricur habían egresado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. Es por eso que, en sus comienzos, sus obras expresaban tanto el estilo académico como los modelos pintoresquistas que todavía seguían de moda, para luego insertarse definitivamente en las tendencias modernas del racionalismo.
Pertenecieron a una generación de arquitectos entre los que se encontraban José Aslan, Héctor Ezcurra, Enrique Douillet y Mario Álvarez, entre tantos otros, que si bien tomaron como doctrina los postulados de la modernidad supieron darle un carácter porteño a esta nueva arquitectura. Como decía el arquitecto, crítico e historiador Federico Ortiz: “Para la gran mayoría de los arquitectos actuantes durante los 30, el moderno era un estilo más. Las cosas se podían hacer en Luis XV, en californiano, en clásico, en Tudor, en vasco y, por qué no, también en moderno”. Algo de lo dicho por Ortiz se va a ver en algunas obras de nuestros arquitectos, que aquí iremos descubriendo.
En sus inicios, durante los años 30, Joselevich trabajó junto al arquitecto Enrique Douillet, con quien realizó varias obras de gran trascendencia. La más importante es el edificio de oficinas Comega (1934), de estilo racionalista, considerado el primer rascacielos en hormigón armado construido en nuestra metrópoli. Declarado patrimonio arquitectónico de la Ciudad de Buenos Aires, se ubica en la esquina de Corrientes y Leandro N. Alem, lugar estratégico por estar próximo a la zona bancaria. Se destaca por el uso de mármol travertinos en su frente, además de un mirador en el último piso con un saliente de ventana en forma de arco, donde funciona una cafetería.
La modernidad se veía no sólo en los materiales utilizados, sino también en la tecnología aplicada: por ese entonces tenía los ascensores más rápidos del país. Más allá de las características modernas del edificio, la forma de volumen escalonado nos hace recordar a los rascacielos neoyorkinos, aunque con una altura acorde a Buenos Aires.
A partir de 1940, Joselevich se asocia con Ricur y ahí empieza una etapa de más de dos décadas en que juntos encaran un gran número de proyectos: viviendas, oficinas, escuelas y demás tipologías. Todos estos trabajos siempre dentro de la modernidad estilística, caracterizados por un tratamiento en el uso de materiales como mármol, ladrillo, granito y otros tipos de nuevos revestimientos, como el cromado y cobre.

La torre ubicada en Zapiola 1646, esquina Avenida de los Incas, fue realizada entre los años 1946 y 1948. Foto: Alejandro Goldemberg.

La virtud de construir
Una de las primeras obras realizadas por estos arquitectos fue el edificio de rentas de Larrea esquina Viamonte (1941), formado por semipisos con generosa superficie. En la planta baja, revestida con mármol traído de Córdoba, cuenta con locales comerciales. La obra muestra el más claro estilo racionalista de la época, totalmente falto de ornamentos. La fachada está revocada en color beige y se destaca la volumetría, con las salientes en altura en cada lateral extremo sobre cada calle.
Ahora bien, dos detalles muestran las raíces académicas de la formación de los autores. Una es la simetría característica de los edificios clasicistas y otra es el remate en forma de mansarda, propio también de la academia, aunque la utilización de teja roja muestra lo ecléctico de la obra. El remate de esquina se asemeja a los viejos edificios decimonónicos que terminaban en una cúpula y en este caso usan una proyección volumétrica como remate.
En 1942 esta dupla de arquitectos construye la casa de departamentos en la ex calle Malabia, hoy República Árabe Siria 3365. Es una propiedad horizontal de carácter netamente racionalista alemán, donde resaltan del frente las entrantes y salientes con los típicos balcones curvos y baranda con caño de hierro. En la calle 11 de Septiembre al 1800, erigieron un edificio de propiedad horizontal en cuya planta baja se utiliza un revestimiento ladrillero que marca el basamento del frente. En 1944 realizan en la esquina de la avenida Cabildo y Zabala el Sanatorio y Policlínico del Norte Salud, el cual se caracterizaba por un trabajo de fachada ladrillera, algo que se iba a volver una constante en muchas de sus obras. Lamentablemente, el inmueble fue demolido hace unos pocos años y no quedaron rastros de él.
Ya terminada la década de los 40, realizan una obra de gran envergadura también con características bien racionalistas. Se trata del edificio de YPF, ubicado en la Av. Diagonal Roque Sáenz Peña al 700. El mismo año construyen el edificio de rentas y oficinas en la esquina de Santiago del Estero y Alsina, con las características propias de las construcciones racionalistas. En 1948, también con lineamientos modernos, ejecutan la residencia de O’Higgins 1431, en el barrio de Belgrano. Otra obra relevante es el Colegio Bayard, de la calle Salguero 2969, levantado en 1960.
Pero para hablar de modernidad debemos hacer mención de la Torre Dorrego, situada al 2699 de la calle homónima, en el barrio de Palermo. Ejecutada entre 1968 y 1970, junto al arquitecto Luis Caffarini, es uno de los primeros rascacielos de Palermo, de carácter monumental con líneas modernas. El inmueble se realizó en hormigón armado visto, que se incluye dentro de la modernidad “brutalista”. Tiene forma de semicírculo, lo que permite el asoleamiento ideal en cada departamento, ya que la curvatura está pensada en concordancia con el recorrido del sol. Esto, a su vez, se encuentra favorecido porque el edificio solo ocupa el 25 por ciento de la superficie del terreno y el resto es aprovechado para el uso de grandes jardines.
La altura final de la construcción es de 102 metros y consta de 240 departamentos, todos con excelentes vistas a los bosques de Palermo y al río, además de garajes con capacidad para 200 automóviles desarrollados en dos subsuelos. La planta baja y el segundo nivel se pensaron para el uso de una galería comercial. Sin duda esta obra marca un proceso de cambio en la arquitectura porteña.

Un lujo arquitectónico
Entre los límites de Villa Ortúzar y Belgrano, Joselevich y Ricur erigen uno de los edificios más suntuosos de la zona. Se trata de la torre ubicada en Zapiola 1646, esquina Avenida de los Incas, realizada entre los años 1946 y 1948. El lugar no podía ser más interesante, con vistas sobre el Jardín Paseo República de Filipinas, donde se funde el verde de los canteros con el rojizo del polvo de ladrillo.
Este edificio ganó un segundo premio de vivienda en 1949, otorgado por la Municipalidad de Buenos Aires. El galardón fue establecido por ordenanza municipal gracias a la iniciativa de Ernesto de la Cárcova, en ese entonces comisionado de la Municipalidad, y se inspiraba en el “Premio Anual de Fachadas” que se otorgaba en Francia desde 1898. En 2009, por Resolución 150, se declara al inmueble con nivel de protección estructural. Este reconocimiento le corresponde a aquellos edificios de carácter singular y tipológico que, por su valor histórico, arquitectónico, urbanístico o simbólico, caracterizan su entorno, suman un espacio urbano o son testimonio de la memoria de la comunidad, como sucede en este caso. La medida, además, protege el exterior del edificio, su tipología, los elementos básicos que definen su forma de articulación y ocupación del espacio, permitiendo únicamente modificaciones que no alteren su volumen.
Una de las características del edificio es su revestimiento exterior en ladrillo, separado por fajas horizontales y verticales, que le dan verticalidad a la construcción. El acceso se encuentra sobre la calle Zapiola y el garaje y la entrada de servicio por Avenida de los Incas, sobre la cual se desarrollan las habitaciones de menor tamaño y los servicios. Sobre el acceso principal se destaca en cada piso un bay windows, saliente de aventanamiento en forma de bahía. El frente sobre Los Incas tiene aventanamiento sin balcones en voladizo, en cambio el contrafrente, donde las visuales dan a un importante jardín, los cerramientos están dados ya sea en balcones terrazas o en terrazas cubiertas. Esta resolución, sumada al gran cornisamento que hace de remate de la obra, le da una faceta ecléctica dentro de la modernidad.
John Ruskin, escritor, crítico de arte, sociólogo y artista, decía: “Ninguna arquitectura es tan arrogante como la que es simple”. Y la obra de Zapiola se muestra así.

Foto de portada: Alejandro Goldemberg.

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