Para prevenir la pedofilia, en Belgrano se brinda tratamiento a ofensores sexuales

La Fundación Isabel Boschi ofrece terapia grupal a personas con antecedentes de consumo de pornografía infantil. El antropólogo Eduardo Peluso, vecino de Coghlan, es uno de los coordinadores.

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Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

 

Los delitos contra la integridad sexual, especialmente aquellos cometidos en niños, concitan un unánime rechazo de la sociedad. Para la mayoría, los responsables de esos actos deben ser castigados con severidad por sus abusos y pocos se atreven a sugerir un tratamiento, ya que se considera a sus autores como “irrecuperables”. Son considerados criminales antes que enfermos que requieren tratamiento psicológico y social.

El Estado, a través del Servicio Penitenciario Nacional, dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, asiste de manera aislada a las personas condenadas por la comisión de esta clase de delitos a fin de reducir los índices de reincidencia. La iniciativa pretende generar un espacio de aprendizaje que le posibilite al sujeto organizar la conducta y disminuir los factores de riesgo dinámicos: hábitos y valores delictivos, distorsiones, justificaciones, falta de empatía, entre otros.

El Programa demanda unos tres años de tratamiento, pero señala en sus enunciados que “dependerá del compromiso y recorrido del participante en el logro de los distintos objetivos, sus capacidades y evolución, además del tiempo de condena”. Sin dudas auspiciosa, la experiencia tiene limitaciones geográficas: sólo se lleva a cabo en el Complejo Penitenciario Federal V “Senillosa”, ubicado en la provincia de Neuquén.

Abordaje multidisciplinario
Más cerca de la Comuna 12, en el barrio de Belgrano, la Fundación Isabel Boschi se constituye como uno de los pocos lugares de la Argentina donde los ofensores sexuales encuentran una oportunidad. Su fundadora lleva 23 años estudiando, difundiendo e investigando los comportamientos sexuales. A través del Colectivo Sexológico promueve la educación sexual a lo largo del país, incluyendo y priorizando los lugares más recónditos. La integran aproximadamente diez profesionales: hay psicólogos, psiquiatras, sociólogos, médicos, profesores de arte, abogados y un antropólogo, también formado en sexología educativa, que además es vecino de Coghlan: el Lic. Eduardo Peluso.

“Realizamos estudios e investigaciones, en particular sobre ofensores sexuales, además de terapias individuales, grupales y familiares. Brindamos información científica a escuelas y cursos de educación sexual integral”, cuenta su fundadora, Isabel Boschi, Lic. en Psicología y especialista en sexología desde 1980. Cuenta que al comienzo de su carrera se dedicaba a la atención de las disfunciones sexuales y que luego, al comienzo del siglo veintiuno, puso el foco en la diversidad sexual a partir del interés que despertaron en la sociedad la homosexualidad, la bisexualidad, el pansexualismo y la asexualidad. “En la Ciudad de Buenos Aires hay mucha más aceptación teórica que afectiva de estos temas -aclara, no obstante-. En el interior del país, donde hay creencias fuertemente religiosas, existe la homofobia y no se acepta aun la anticoncepción”.

El antropólogo Eduardo Peluso y la psicóloga Isabel Boschi coordinan, en Manuel Ugarte 2251, un grupo de ofensores sexuales.

Si la sexualidad sigue siendo un tema tabú en las escuelas, la opinión pública no parece estar preparada aun para debatir las ofensas sexuales o las parafilias. “Hay una mirada condenatoria del ofensor sexual, pero la mayoría de los casos son intrafamiliares”, aclara Peluso. Estos individuos, antiguamente llamados pervertidos, padecen algún tipo de parafilia. Se trata de una excitación sexual a través de medios no convencionales, una estimulación necesaria, constante, de larga data, que no puede controlar. Mayormente masculinas, algunas de estas manifestaciones son el exhibicionismo, el frotismo, el masoquismo, la necrofilia, el sadismo, el voyeurismo, la zoofilia y, acaso la más grave de todas, la pedofilia.

“Hay gente que encuentra atracción por menores de edad. Las personas que consultan son padres de familia, abuelos, tíos, hermanos, con un desarrollo sexual que ha sido trastocado o vandalizado. Un estudio realizado por una antropóloga en la cárcel sobre violadores demostró que ellos no entendían lo que habían hecho. En la mayoría de los trazos, ese acto es inteligible. Es muy importante el tratamiento para encontrar la solución a estas conductas”, opina Boschi.

Resultados auspiciosos y descrédito
La Fundación recibe ofensores sexuales, algunos de ellos condenados que en algún caso cumplieron veinte años de condena por pedofilia. Boschi cuenta el caso de un recluso que en los últimos tres años fue traído a hacer terapia una vez por mes a Belgrano. Llegaba esposado en un camión celular y realizaba su tratamiento, mientras lo esperaban los guardias afuera. “Terminó su condena, se instaló en su provincia natal y formó pareja con una mujer que conoció en la cárcel. La familia que él formó no lo vio más, lamentablemente perdió a sus hijos. La terapia bien hecha, con compromiso intenso como el que tenemos con el grupo que atendemos nosotros, de sostenimiento para toda la vida, puede evitar la reincidencia”, afirma Boschi.

Sin embargo, a pesar de los buenos resultados, esta clase de terapias no es bien vista por la comunidad psicológica. “No tenemos subsidio estatal, nos bancamos con nuestros propios recursos”, dice Boschi con resignación. Cuenta que muchas veces atiende de manera gratuita, derivando los honorarios de sus diferentes terapias individuales, de pareja y familia o de charlas en las escuelas y conferencias. “La prevención es fundamental, ya que gran parte de estos ofensores sexuales fueron abusados de chicos”, insiste Peluso.

Algunas de las parafilias más conocidas son el exhibicionismo, el sadismo, el voyeurismo, la zoofilia y, acaso la más grave, la pedofilia.

El grupo que coordinan en la Fundación está integrado por unos diez jóvenes, de entre 20 y 40 años, mayormente consumidores de pornografía infantil, touchers y exhibicionistas. “Algunos tienen causas judiciales, otros llegaron derivados por instituciones judiciales o religiosas o traídos por la propia familia, cuando decide acompañarlos. A diferencia de lo que suele decirse, ya que se les atribuye psicopatía, llegan con mucha culpa. Quienes no tuvieron remordimientos, fueron desdeñosos o no cumplían los horarios, se fueron solos”, menciona Peluso. “Todos vienen con ganas de participar de la sesión, se sienten contenidos en el grupo. Para un ofensor sexual tiene mucho valor la socialización”, agrega Boschi, quien menciona que cada vez es más baja la edad de los parafílicos: “El último que atendí tenía 16 años”.

La pandemia no impidió continuar con el tratamiento, ya que se realizaron reuniones vía zoom que permitieron incluso una mayor participación y resultados que aún sorprenden a sus coordinadores. La profesional menciona el caso de un ofensor que pudo formar pareja, de tipo heterosexual no convencional, ya que la mujer tiene mucha diferencia de edad. “Hay dos ejes en la orientación sexual: uno es el etario, la edad, y el otro el género. Esta persona solucionó el riesgo de ir detrás de una relación con un menor buscando una mujer mayor”, cuenta Boschi.

Europa, a la vanguardia
Consultados los profesionales sobre los países que sobresalen en el tratamiento de los ofensores sexuales, surgen los nombres de Canadá, Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Alemania y Estados Unidos, que en Connecticut tiene un exitoso programa. En Toronto se destaca James Kantor, un experto en parafilias, mientras que en Berlín es famoso el Instituto de Sexología y Medicina Sexual Charité, dirigido por Klaus Beier, que desarrolla un programa de prevención de la pedofilia y recibe un presupuesto de 350 mil euros cada tres años.

“En Viena es posible encontrarse con afiches donde se observa a un adulto apoyar su mano en los genitales de un niño. El mensaje es para las dos partes: Si esto te pasa a vos, sabé que podés pedir ayuda a tal número. Si esto le pasa a usted, sepa que puede ser atendido por tal entidad”, cita Boschi, para ejemplificar cómo se trabaja en los países más avanzados en la materia. En nuestro país, al menos hasta hoy, no se tiene un concepto piadoso sino estigmatizante y punitivo del ofensor sexual.

John Money plantea los mapas del amor. Cuando uno es pequeño evalúa los sentimientos, las relaciones y traza un mapa. Si de chico fuiste abusado, ese mapa se vandaliza y genera errores. Sumado a que en nuestra sociedad hay ciertos mandatos de tipo patriarcal, la víctima puede recrear con el tiempo conductas parafílicas”, sostiene Peluso.

En la misma línea, Boschi se propone investigar si las estereotipias condicionan el comportamiento: “Sospecho que varios de los jóvenes y adultos que vienen acá con una propensión pedofílica no se han permitido o no les permitieron en su etapa inicial desarrollar conductas tradicionalmente asignadas a mujeres. Las parafilias son líneas de fuga de un hombre encerrado que no tiene manifestaciones sensibles y que por algún lado, ya sea mostrando los genitales o tocando a un niño, encuentra esa salida explosiva”.

“Si no quiero que mi nieta o mi hija sufran alguna clase de abuso debemos actuar en la prevención”, sostiene el Lic. Eduardo Peluso.

Controlar las conductas
Los especialistas concluyen que los ofensores sexuales tienen una autoestima baja y una empatía para con el otro casi nula, pero que con el tratamiento han experimentado progresos importantes. “Tienen desconfianza de ser aceptados. Algunos llegan asumiendo no tener cura, que es lo que plantea la psicología, y todos tuvieron fantasías de suicidio. Pero sabemos que el individuo puede empezar a controlarse”, explica Boschi. La mayor dificultad de los profesionales que abordan esta clase de patologías es que la terapia ofrecida se equipara muchas veces a una defensa o reivindicación del ofensor sexual: en la mirada social predominante se trata de un criminal antes que de un paciente. “Seguramente quienes afirman que estos delitos no tienen cura están respaldados en un imaginario colectivo, del cual todos somos partícipes, y fundamentalmente de un sistema de recuperación carcelario que, en lugar de cumplir su función penal y simultáneamente de reinserción social, es cómplice de las reincidencias.delictivas”, reflexiona Peluso.

Acerca de los curas pedófilos, Boschi entiende que hay un rechazo de la corporalidad en la Iglesia y que sus individuos funcionan de manera espiritual y platónica “del mentón hasta la coronilla”, pero no sucede lo mismo con el resto de su cuerpo. “Cuando uno no llega a integrarse en su totalidad, me refiero a sus sensaciones corporales, está sujeto a cualquier clase de desvío. He ofrecido por Facebook cursos de educación sexual a los curas, pero nadie respondió”, revela la sexóloga.

Peluso, que colabora con la Fundación desde 2012 años, reconoce sentirse a veces interpelado por sí mismo cada vez que se reúne con los ofensores sexuales. Padre y abuelo, no puede evitar preguntarse qué pasaría si alguno de esos jóvenes tocara a una hija o nieta suyas: “Lo primero que me surge es una reacción humana, pero por otro lado soy un profesional. Entonces, si no quiero que mi nieta o mi hija sufran alguna clase de abuso debemos actuar en la prevención, caso contrario la sociedad toda es la que sigue en riesgo”.

 

Datos útiles
Fundación Isabel Boschi
Manuel Ugarte 2251. Tel.: 4781-3686
colectivosexologico@yahoo.com.ar
sanssa@live.com
eduardopeluso@gmail.com
Facebook: @FundIsabelBoschi
www.colectivosexologico.com.ar

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