Ramiro San Honorio es un prolífico guionista de cine y televisión. Nacido en Saavedra, dice que su tarea se vuelve invisible por la falta de reconocimiento del medio artístico. Critica la invasión de novelas extranjeras en la TV y cuestiona a los actores que se metieron en la discusión política. “El barrio es mi cable a tierra”, afirma uno de los organizadores de la Comic-Con, la feria de historietas más famosa de la región.

 

Por Tomás Labrit

tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

 

Ramiro San Honorio conoce como pocos el mundo de la televisión. Ya desde chico era un habitué de los estudios de Canal 7, en donde su papá, Luis, trabajaba de técnico y escenógrafo. “Veía la cámara y el decorado y me parecía todo mágico”, recuerda, en diálogo con El Barrio. Cuenta Ramiro que su primera aproximación al arte fue a través del dibujo y, ya cuando cursaba el secundario, su interés giró hacia la pantalla grande. “Me acuerdo la cara de los profesores cuando decía que iba a estudiar cine. Mis amigos me decían que estaba chiflado”, comenta, riendo.

Hoy, con 36 años, se luce como un versátil guionista de cine, televisión y videojuegos. Cartoon Network, Disney, History, Nat Geo, Fox y Playboy TV son algunos de los medios extranjeros para los que trabajó, convirtiéndose en un verdadero autor “todoterreno”, como se define. “Los autores estamos muy bien valorados en el exterior”, explica. En Argentina desplegó su pluma en Telefe, Canal Encuentro, Televisión Pública y en la productora Pol-Ka, pero dice que su rubro es menospreciado por el medio local. A lo largo de su carrera, cosechó la amistad de prestigiosos actores, como Miguel Ángel Solá, Federico D’Elía y Diego Peretti y de los directores Juan José Campanella y Damián Szifrón, de quienes destaca su humildad.

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Ramiro es además escritor. Ya lleva publicados tres libros: 10 pasos para crear ficciones y las novelas El séptimo bastón de Dios y Argentum, en las que entremezcla religión y política. Asimismo, es uno de los organizadores de la COMIC-CON, la feria de videojuegos y cómics más importante del país y la región, que tendrá su quinta edición en mayo. Otra de sus facetas es la de docente. Dicta clases de guión y dirección en Argentores, el Centro Cultural Rojas y en las universidades UBA, UAI y UADE. “Me encanta ser profesor. El ida y vuelta con los estudiantes me retroalimenta y me hace un escritor diferente”, afirma y se enorgullece al contar que dos de sus ex alumnos son los guionistas de Los ricos no piden permiso, la exitosa tira de El Trece.

Fuera de la vorágine del mundo artístico, Ramiro encuentra su refugio en Saavedra, donde vive desde que nació. “El barrio es mi cable a tierra”, confiesa. Actualmente reside en la casa que era de sus abuelos, en Machaín y Balbín, justo atrás de la Parroquia Sagrada Familia. “Saavedra es un barrio de anécdotas”, describe, recordando cuando de chico se cruzaba al “Polaco” Goyeneche caminando por las calles de la zona. “Los chicos andan en bicicleta y juegan al fútbol en el parque. Saavedra tiene mucho de ese barrio que se está perdiendo”, destaca y revela que en sus producciones suele volcar experiencias e historias que surgen de charlar con los vecinos.

Ya con varios años de trayectoria en el cine y la televisión, Ramiro San Honorio se toma un tiempo para conversar con El Barrio, en una entrevista en la que revelará la máxima que rigió en su carrera: “Para escribir, hay que tener principios y responsabilidades. Si vas a hacer algo que no lo sentís, no lo escribas”.

 

-¿Cómo surgió tu atracción por el cine?

-Cuando era chico me gustaba dibujar mucho, era mi divertimento. Mi papá, que trabajaba en Canal 7, me traía los guiones de los programas de ficción que estaban en la tele y yo los usaba para dibujar. Eso me acercó a la historieta y mi hermano, que leía mucho, me empezó a llevar a ese mundo. Empecé a trabajar en el tema de dibujo con la historieta y eso me acercó a la narrativa. Y, ¿qué es la historieta? Es la fusión de imágenes, viñetas, planos y diálogos, que es lo que hoy hago en mi profesión. Creo que ahí surge el verdadero interés, más allá de que mi familia trabajara en la tele. Ya de adolescente, en el secundario miraba muchísimo cine y me gustaba filmar y sacar fotos.

 

-¿Cómo reaccionaron tus familiares y amigos cuando les comentaste a lo que te querías dedicar?

-Me acuerdo la cara de los profesores cuando en el secundario decía que iba a estudiar cine. En esa época pensaban que era un oficio y no una carrera universitaria. Hoy en día hay muchas escuelas, pero en ese tiempo había poquitas. Yo sabía que si trabajaba, algo iba a lograr y con eso ya iba a estar contento. Mis amigos me decían que estaba chiflado, porque además era una carrera cara. Había que comprar los casetes, alquilar la cámara, las luces y era una inversión. No era tan fácil.

 

-¿Cómo fue tu inserción en el mundo del cine?

-Mi primera experiencia viene de la mano de varios concursos de cortometraje, Mandaba el VHS y no llegaba a ganar nada. Un día hice un concurso de guión de cine joven en el INCAA y obtuve una mención. Todos decían que en la escritura faltaban buenos guionistas y empecé a tomarle el gustito. Después hice varios cursos y empecé a insertarme en todos los concursos que podía.

 

-Se suele pensar que el director y el guionista son la misma persona. ¿Siempre es así?

-No. En el cine argentino es una batalla que con algunos colegas estamos dando porque acá está muy fuerte el sello del cine de autor, que es el que dirige y escribe el mismo director. No se respeta el rol del guionista. Es muy difícil que, por ejemplo, yo vaya con un guión al INCAA y pueda hacer una película. Necesitás un productor y un director. Se le da mucho peso a eso. Lo más extraordinario es que se evalúa el guión, que es la historia. Tarde o temprano se le va a tener que dar esa importancia al guionista. Las películas que tienen un guionista aparte de un director son las que mejor funcionan.

 

-¿Podría decirse que el del guionista es un trabajo invisible?

-Sí, lo siento así. Ese mote lo utilicé hace un año y medio cuando hice una serie para televisión y salieron varias notas en las que estaba casi todo el grupo autoral menos yo. Era raro y me enojé mucho con el mismo grupo, porque si no nos defendemos entre nosotros… No es una cuestión de ego, porque no me importa salir a la calle y firmar autógrafos  No queremos que nos conozcan sino que nos reconozcan, sobre todo en el medio. Que el actor, el productor, el director y la prensa de espectáculos reconozcan que existe el rubro guión. El de espectáculos creo que es el peor periodismo que tiene la Argentina, porque no es de espectáculos sino de chimento. Hay críticos que no están preparados para hablar de cine.

 

-¿En Hollywood la consideración es diferente?

-La ceremonia de los Oscars abrió con el rubro guión y es bastante importante porque siempre estaba en la mitad o hacia el final. En Estados Unidos, los actores agradecen a los autores. Si te fijás, la columna vertebral de la ceremonia es el guión. A mí me ha pasado tener programas como El Paraíso (TV Pública), nominado al Martín Fierro, y no estar invitado a la fiesta. Después fui invitado por colegas del medio y veía mesas en las que había actores que nunca fueron nominados o que son mediáticos. Ahí ves cuál es el valor que se le da al rol del guión en la industria. En Argentina se menosprecia muchísimo el trabajo del guionista por dos cosas. Por un lado, porque los productores creen que tirando una idea ya son guionistas y no es así. Por otro lado, hay cierta ignorancia de parte de algunos periodistas o medios que no saben bien de qué se trata esto. Ser guionista no solamente es hacer los diálogos o crear un personaje. El guión es la guía en la que se basa todo. Se piensa que solamente hay que ser rápido escribiendo y no. Está muy ligado con la creatividad y eso lleva tiempo. Hay que quemarse la cabeza.

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-Escribiste para, entre otros medios, Playboy TV, Cartoon Network y Nat Geo. ¿Cómo hacés para adaptarte a escenarios tan diversos?

-Desde que empecé a ser guionista le tuve miedo al encasillamiento. En Argentina somos muy prejuiciosos y le colocamos un mote a las cosas. No salimos de ese rótulo y entonces es muy normal decir que un actor de teatro no sirve para el cine o que una vedette no puede ser una buena actriz. Yo apuntaba a ser un guionista y escritor todoterreno y decía que un buen guionista es aquel que puede salir sano y salvo de todos los formatos y géneros. Entonces me puse esa misión.

 

-¿Cómo es tu relación con el actor que va a interpretar al personaje que vos creaste?

-En eso soy muy hincha, suelo juntarme con el actor. Me ha pasado, por ejemplo, con Raúl Taibo, que lo queríamos tener en Fronteras, la tira que se emitió por Telefe. La productora todavía no había encontrado la reunión y yo me adelanté porque sabía que estaba en el rodaje de un amigo mío. Ese día lo enganché y le mandé por mail el capítulo uno para que lo leyera. Empezamos a debatir y valoró mucho que yo, como guionista, me haya acercado a hablar y a discutir sobre el personaje. Los personajes son conocidos por el guionista, primero, interpretados por el actor después y puestos en escena por el director. El actor puede decir “yo soy el personaje” y tiene razón. Siempre les digo que se queden tranquilos, porque las figuras son ellos. Pero falta mucho reconocimiento en la televisión argentina por parte de los actores al rol del guionista.

 

-En los últimos años se formó una división entre los actores militantes y opositores al gobierno kirchnerista. ¿Fue un error que se hayan metido en la discusión política?

-Es una línea muy delgada. A la política se la tomó como algo dogmático o religioso y creo que eso no ayuda al arte y a la cultura. Los actores siempre deben tener una posición crítica y estar del lado del pueblo, porque así surgió la tragedia. El teatro surge como la voz crítica hacia los dioses, las religiones, la política. Obviamente que un actor debe tener ideología, porque si no sería un tarado. No solamente un actor: una persona sin ideología no existe. Lo que pasa es que cuando vos tenés cierta exposición, debés pararte con inteligencia. Y muchos no fueron inteligentes en algunas declaraciones tanto políticas como culturales porque han dicho cualquier cosa. Incluso hubo insultos entre colegas que no estaban dentro de la misma línea. Eso ya es más propio del fanatismo.

 

-Lo contradictorio es que muchos de los que criticaban a determinados grupos mediáticos después terminaban trabajando ahí.

-Hay una cuestión que yo critico mucho, que es la ética. Cuando alguien fomenta una ideología pero después no la practica, es poco creíble. Es un actor que actúa en la política. La gran mayoría ha estado con otros gobiernos también, en recitales, en la Quinta de Olivos comiendo pizza con champagne, tocando el piano y después se fueron a la Casa Rosada con los K.

 

-Yendo a la actualidad de la televisión, hoy uno enciende la pantalla y se encuentra con novelas mexicanas, turcas, españolas y hasta coreanas. ¿Cómo tomás esto?

-Es tremendo. La verdad que me cae muy mal la invasión de tiras extranjeras. Actualmente estoy escribiendo para Chile y Perú y otros colegas argentinos están escribiendo para México, Colombia, Uruguay y Brasil. Nadie es profeta en su tierra. Los autores estamos muy bien valorados en el exterior y en el país a los productores les conviene comprar una tira extranjera o el valor de su creatividad. Yo creo que tiene que ver con los costos, porque sale muy caro producir y trabajar bien. Hacer productos de calidad en la televisión de aire es costoso y nadie quiere arriesgar. Yo no lo defiendo, al contrario, tenemos que apostar al talento que hay acá. Hay muchos ejemplos, como Los simuladores, Mujeres asesinas, En terapia y El clan. Si se quiere, se puede. Hay una comodidad de los productores que tiene que ver con no arriesgar y es muy triste. Además, las tiras son muy viejas. Las mil y una noches, por ejemplo, tiene diez años. Subestiman al público y juegan en contra de la industria nacional.

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