Saavedra o el lugar del nunca jamás

Nota
publicada en la edición Nº 84 de El Barrio, marzo de 2006.

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Nota publicada en la edición Nº 84 de El Barrio, marzo de 2006.

La palabra utopía fue acuñada por el acreditado pensador humanista del siglo XVI Tomás Moro, quien había bautizado a la isla que figura en su obra precisamente con ese nombre. Esta palabra de origen griego tiene como significado la idea de no lugar, de lugar que no existe en ninguna parte o que es parte sólo de una entelequia, aunque también podríamos relacionar a la palabra utopía con aquel sitio que nos cautiva en la teoría pero que se hace inabordable en la práctica. Es por todo esto que también se lo denomina como el lugar del nunca jamás.

Todo lo antedicho se relaciona directamente con aquel utópico proyecto que en 1924 desarrollara el intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Carlos Noel, quien conformó un grupo de profesionales dotados de ideas urbanísticas modernas con la intención de poner en marcha un plan demasiado ambicioso y oneroso para nuestra metrópoli, lo que llevó a hacer imposible su realización. Jean Claude Nicolás Forestier, diseñador y paisajista francés de renombre, fue sin duda uno de los mentores de esta excéntrica propuesta urbanística. Junto con profesionales de gran prestigio como Carlos Morra y Martín Noel, hermano del intendente, nos han dejado importantes ideas para la ciudad.

De pueblo a ciudad

En el caso que nos ocupa, el proyecto consistía principalmente en el desarrollo y apertura de nuevas avenidas. Estas surcarían en diagonal a toda la ciudad, uniendo puntos estratégicos de la metrópoli, como ya lo había realizado el Barón de Haussmann para la ciudad de París durante la segunda mitad del siglo XIX, logrando así un profundo cambio urbanístico de esta ciudad europea. El ambicioso proyecto de Forestier también incluía el ensanche de viejas arterias y la transformación de varias de sus avenidas en paseos de grandes dimensiones, poblados de importantes arboledas junto a lugares de recreación y descanso para los vecinos. Pero el objetivo principal consistía en cambiar esa imagen pueblerina que aún vestía Buenos Aires por la de una ciudad dinámica y moderna.

Las transformaciones eran tan significativas que en su delineado se incluían dos ideas de gran importancia para las áreas de la costanera sur y el barrio de Agronomía, muy diferentes del diseño actual. Entre otras cosas se proponía el replanteo y uso de nuevas áreas verdes y el rediseño de parques ya existentes en la ciudad. Se demarcarían aquellos sectores residenciales -donde se dictarían ciertas restricciones a la construcción- tratando de establecer alturas máximas y espacios para jardines acordes con las zonas netamente residenciales. La realización de este plan, en 1924, sin duda hubiese variado el rumbo urbanístico de barrios como Villa Urquiza, Coghlan y Saavedra. Este último era el más involucrado en esa nueva propuesta, aunque como ya anticipamos todo esto no pasó de los escritorios.

Un atajo a Palermo

En Saavedra, al igual que en el resto de Buenos Aires, el plan hacía hincapié en una idea rectora que era la apertura de grandes diagonales y avenidas arboladas que unieran aquellos puntos estratégicos del barrio en forma rápida y eficiente con el resto de la ciudad. Uno de estos paseos de jerarquía sería la actual avenida García del Río, que desde Cabildo, pasando por el Parque Saavedra hasta finalizar su recorrido en el actual Parque Sarmiento, lo haría en forma de bulevar atravesando todo el barrio. Es decir, la idea de avenida parque no quedaba abortada en el Parque Saavedra como pasa en la actualidad sino que llegaría hasta el final de su recorrido, en donde el arroyo al aire libre formaría parte de este interesante proyecto. Al llegar a la avenida Cabildo, el mismo paseo se conectaría con una nueva diagonal cuyo intento era unir al mismo con el Parque Tres de Febrero, en el barrio en Palermo, actuando en forma de atajo.

Entre otras de estas raras pero sin dudas atrayentes propuestas también se había pensado en la anexión de pequeñas parcelas pertenecientes a la provincia que serían incorporadas al sector capitalino, para así poder establecer nuevos cementerios en la metrópoli. Uno de estos camposantos había sido proyectado sobre las adyacencias de la avenida General Paz y el cruce con la actual avenida Crisólogo Larralde, ocupando terrenos pertenecientes a los partidos de San Martín y Vicente López. Todo esto en cierta forma tenía como finalidad reemplazar al ya desarticulado Cementerio de Belgrano, que había estado ubicado en la actual Plaza Marcos Sastre de Villa Urquiza.

La inclusión del verde en el desarrollo de la idea también fue fundamental para Forestier, quien como paisajista sabía de la importancia para el futuro de cualquier ciudad del mundo. Eso explica su preocupación por el diseño de nuevas plazas y parques y el rediseño de las ya existentes, como por ejemplo la Plaza Vicuña Mackenna (Crámer, Conesa, Ramallo y Arias), de la cual Forestier nos dejó su proyecto, de la misma forma que lo hizo con el Parque Saavedra.

El parque que no fue

Pasada la primera mitad del siglo XIX el Parque Saavedra ya existía. Fue el primer paseo público de importancia con que contó la ciudad de Buenos Aires, incluso allí se realizó la primera fundación del barrio de Saavedra en 1873. El arroyo que hoy se encuentra entubado y pasa por debajo de la avenida García del Río antiguamente desfilaba por el lugar a cielo abierto, rodeando al parque y formando un pequeño lago en su interior al cual se accedía por un puente levadizo. Continuaba luego por la misma arteria hasta cruzar la avenida Cabildo, donde el paseo en góndola pasaba a ser su mayor atractivo.

La idea de Forestier era mantener y mejorar todo este agradable recorrido pero con un nuevo diseño de sus jardines, que como a la usanza francesa serían de abundante geometría y mantendrían también cierta simetría en el delineado. Aunque el objetivo primordial ya había cambiado, debido a que los nuevos conceptos sobre el uso del parque no eran sólo para la contemplación de sus espacios sino también como lugar de recreación y actividad física para el común de la gente. Es por eso que en el proyecto se había incluido un gran sector de juegos, un importante natatorio con sus respectivos vestuarios y también se pensó en un sector de actividad física, sin olvidarse de aquellos que buscaban prácticas más sosegadas. Hasta se pensó en incluir un quiosco de música de agradables formas. Para agrandar la superficie verde del lugar se había tomado en cuenta el retiro de las viviendas lindantes, dejando importantes jardines en el frente, algo así como una extensión del verde del parque en los terrenos aledaños.

Pero como intentamos explicar, lo oneroso del proyecto terminó siendo su principal impedimento. Nada de esto se realizó y con el tiempo el mismo parque fue perdiendo los únicos atractivos que ya poseía, como el arroyo a cielo abierto y el puente levadizo que tanta particularidad brindaban al lugar. Pero sin entrar a analizar si la idea de Forestier debía ser o no el programa deseado para nuestro barrio, sí podemos afirmar que el estado actual del parque es seguramente el menos ansiado.

El escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de literatura en 1998, decía que si pudiera borraría la palabra “utopía” de los diccionarios porque “ha traído mucho más daños que beneficios”. De todas formas, esta actitud también nos llevaría de alguna manera a eliminar los sueños y no nos permitiría tener una visión diferente de las cosas aún cuando no puedan ser realizadas.

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