Sin ley, estamos en la barbarie

Veo en tele una vieja película en el marco de los promocionados premios de la Academia de Ciencias Cinematográficas de Hollywood, esa impresionante industria del entretenimiento. La película –Un puente … Read More

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Veo en tele una vieja película en el marco de los promocionados premios de la Academia de Ciencias Cinematográficas de Hollywood, esa impresionante industria del entretenimiento. La película –Un puente sobre el rio Kwai– es en realidad una asignatura pendiente que debía saldar. La cinta, diría mi padre, es de 1957 y narra los enfrentamientos de un oficial japonés a cargo un campo de prisioneros aliados y un coronel británico en medio de la Segunda Guerra. Uno y otro encarnan el mal y el bien, según es clásico en el cine desde la mirada del bando ganador.

En la historia, el coronel Nicholson, británico claro, le dice al jefe japonés, mostrándole un ajado texto de los acuerdos de Ginebra sobre el trato a los prisioneros: “Sin ley no hay civilización”. El jefe japonés se lo quita y lo arroja al piso, mientras lo abofetea delante de su tropa. Sin ley no hay civilización, es cierto. Es fundamental. Sin ley volvemos a la barbarie de la que la humanidad trata de salir desde hace miles de años. Y propuso reglas, leyes, normas escritas en tablas de barro o piedra. El Código Hammurabi o la Tabla de Moisés son dos ejemplos apenas. O Dracón en Atenas, tratando de quitar arbitrariedad a los poderosos, publicando las leyes. En fin. Somos difíciles los humanos y debimos dictar leyes para ordenar un poco todo esto.

Ya que hablamos de leyes, en la radio, mientras escribo estas líneas acaban de anunciar que el gobierno argentino ha llegado a un principio de acuerdo con los acreedores externos, que no quieren ser llamados “buitres” porque se los asocia al ave carroñera que espera que un animal enfermo caiga para comérselo casi vivo a veces. Otro gobierno argentino, tras la crisis brutal del 2001, proclamó entre aplausos que no pagaría los títulos que había emitido el mismo Estado y entramos en cesación de pagos. Los tenedores de bonos, conozco infinidad de casos de argentinos, sufrieron quitas de más del 60 por ciento en sus ahorros y hasta hubo quienes debieron vender sus títulos reestructurados porque por sus edades no sintieron que llegarían con vida a cobrarlos.

Incluso se corrieron las fechas originales de vencimientos y la espera para recuperar el capital ahorrado era casi insoportable. Sobre esperas podemos preguntarle a los miles de jubilados que claman por las actualizaciones de sus haberes avalados en la Justicia, con un Estado que apela una y otra vez, burlando la ley, tirando hacia adelante sus propios compromisos.

La ley es la civilización, diría el prisionero inglés del Puente sobre el rio Kwai, hecho que existió realmente, donde se construyó un tendido ferroviario de unos 400 kilómetros para llevar material de guerra con miles de muertos en los trabajos. Forzados, claro. Era la ley del vencedor en la batalla. Del más fuerte. Sin ley, sin civilización, estamos en la barbarie. Los contratos están hechos para ser cumplidos. Debemos cumplir con nuestros compromisos. Y el primero debe ser el propio Estado, del que emana la ley, el que debe asegurarnos que la ley se cumpla. La ley es la civilización. Sin ella actuaremos bajo las reglas de la selva, de la barbarie, donde solo se impondrá el más fuerte. Y nuestro deber como ciudadanos es luchar por la vigencia de la ley.

Para la despedida: un amigo lector, Ricardo B, me da detalles de las leyes que rigen en Berlín, capital de Alemania a la que quisiera conocer. Prácticamente destruida al final de la Segunda Guerra, la ciudad renació de sus cenizas. Allí se cuida cada árbol, que tienen registrado por ley mediante un número. En Berlín los perros pagan impuesto, en realidad sus dueños. Hay multas ejemplares para quienes dejen sus deposiciones en la calle o molesten con sus ladridos. Nadie debería molestar a nadie. Nada es gratis. El agua es un bien esencial y su mal uso está penado por la ley.

Otro tanto pasa en Holanda. Y en Chile, sin ir muy lejos. La ley es la civilización. Aquí, en esta Buenos Aires plagada de mosquitos y azotada por las lluvias, nuestras calles se muestran infectadas de inmundicias que dejan decenas de perros, llevados por sus dueños la más de las veces sin correa y sin bozal, que no recogen sus desperdicios y que quedan solos en casas o departamentos y atormentan día y noche a sus vecinos. Basura que se arroja a la calle sin respeto por los otros. Necesitamos ciudadanos respetuosos de la ley. Que exijamos al Estado que la cumpla y la haga cumplir. Que dé el ejemplo con sus propios funcionarios. Que los castigue cuando delinquen, aunque sean de su propio partido. O con más razón, por ser del propio partido.

No hay ni habrá otra manera de luchar contra la corrupción que no sea de la mano de la ley. Creo que no habrá otra forma de ponernos en el camino del crecimiento y a salvo de nuevas y repetidas tormentas. Hasta el mes que viene si Dios quiere.

 

* Luis Garibotti es periodista y locutor, además de orgulloso vecino de Villa Urquiza. Actualmente se desempeña como Director de Contenidos de UB 90.9, la radio de la Universidad de Belgrano.

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