Andy Chango: “Soy un flaco tranquilo, callado y sobrio”

El polémico músico y escritor es vecino de Villa Urquiza desde 2013. En una profunda entrevista, que incluye un divertido recorrido por el barrio, habla de drogas, rock y política.

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Vecino de Villa Urquiza desde 2013, Andy Chango es músico y escritor. Tras vivir 16 años en España, se instaló en una casa ubicada sobre la calle Andonaegui. Saltó a la fama en 2001, cuando en un programa televisivo se declaró “politóxico”. Es amigo de Fito Paéz, Charly García y Andrés Calamaro, pero su faceta mediática sobresale más que su obra musical. En una profunda entrevista, que incluye un divertido recorrido por el barrio, habla de drogas, rock y política.

Por Marcelo Benini y Tomás Labrit
correo@periodicoelbarrio.com.ar

Eran las siete y media de la tarde de un frío miércoles de julio cuando, de casualidad, nos cruzamos con él. Lo lógico hubiera sido encontrarlo arriba de un escenario o en un estudio de televisión, pero no: Andy Chango viajaba, como un pasajero más, en el colectivo 140. “El Barrio es el único diario que leo porque los demás son una basura. Me gusta porque habla de los vecinos y no me deprime”, soltó, para nuestra sorpresa, apenas le propusimos hacer una entrevista.

Mientras el colectivo cruzaba Olazábal y Álvarez Thomas, el músico y escritor nos contó que, tras residir 16 años en España, se instaló en Villa Urquiza en 2013 junto a su hija Micaela y su pareja, en una casa ubicada sobre la calle Andonaegui. Justamente ese fue el escenario para la extensa conversación que mantuvo con este periódico, que se concretó dos días después de aquel encuentro fortuito. Andrés Fejerman -su verdadero nombre- nació en junio de 1970 y es compositor y cantante. En su carrera dentro del rock cosechó la amistad de prestigiosos artistas, como Andrés Calamaro, Fito Páez y Charly García, pero su faceta mediática, popularizada a raíz de su defensa pública del consumo de drogas, opacó los conciertos y los cinco discos que grabó.
Ahora acaba de lanzar su primer libro, Indianápolis (Editorial Planeta) y además trabaja en Segurola y Habana, el ciclo que conduce Julia Mengolini en la radio online FutuRock. Hasta el año pasado hizo televisión en Duro de Domar pero, con el cambio de Gobierno, el programa desapareció de la pantalla chica. Lejos de las luces de la TV y sus antológicos cruces con el periodista Eduardo Feinmann, hoy Andy disfruta de su estadía en Villa Urquiza. Lleva a su hija a tomar clases de canto, toca el piano, sale a hacer las compras y se divierte charlando con el verdulero Raúl, el kiosquero Carlitos y el ferretero Miguel. “Acá me siento lejos de todo”, asegura.

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-¿Es cierto que el único diario que leés es El Barrio?
-Sí. Me gustó la entrevista al vecino de Saavedra que triunfa en Inglaterra (N. de la R.: Se refiere a Julián Speroni, arquero del Crystal Palace). Por regla, yo no leo ningún diario hace años porque me deprimen. Las noticias son sólo repeticiones: te cambian el apellido del que roba, del que asesina, de la empresa extranjera que te va a afanar o del terrorista, pero la noticia es la misma. Lo dijo Borges: habría que sacar diarios solo cuando pase algo realmente importante. Por ejemplo, cuando se descubrió América.

-¿Mirás televisión?
-Tampoco, en casa no tengo tele. Tengo un aislamiento que es paradójico porque trabajé los últimos dos años en la televisión. A veces entrevistaba a gente que realmente no conocía porque en España tampoco tenía televisión. Entre que no leo los diarios y no miro televisión, tengo cierta pureza. Pero eso no quiere decir que no me importen los problemas sociales. Me entero absolutamente de todo. Sé perfectamente cuánto se multiplicó la factura del gas, si explotó una bomba en París, cómo está mi amigo verdulero… Salgo a la calle y los vecinos me cuentan cosas. De lo más trascendental te enterás fácilmente, no hace falta leerlo en un diario.

-No estás aislado, entonces…
-No, para nada. Tengo mis opiniones. Si vos ahora me contás una noticia del día yo te la voy a comentar perfectamente porque mi idea sobre el asesinato, la corrupción, el aborto o el tema que quieras tocar, ya la tengo. Las cosas que no me gustan de nuestro sistema, que son básicamente todas, no necesito leerlas permanentemente.

-¿Y qué te gusta de nuestro sistema?
Me gusta la vida, el arte, cualquier persona que escriba, toque, pinte o haga teatro, me divierte. Me divierte Raúl, el verdulero, el kiosco de Carlitos… Lo que no me interesa es ese fragmento de la realidad que son las noticias. Los editoriales, los políticos… Es un mundo asqueroso. Tampoco me interesa mucho el fútbol. Lo que realmente me gusta es leer, sobre todo las obras del siglo XIX y los clásicos.

-¿De España te fuiste justo antes de que llegara al poder Mariano Rajoy, del Partido Popular?
-Aguanté bastante. Cuando asumió el nuevo Gobierno, me cambió mucho la vida porque yo estaba trabajando en Radio Nacional y me despidieron. Tenía hasta amigas que eran ministras, pero nunca saqué ningún usufructo. Imaginate lo diferente que era el Gobierno que yo podía tener amigos en un ministerio. Ahora es otra cosa: cancelaron todo lo que es arte, hay una política de inmigración horrible de desprecio a todo lo diferente, la memoria histórica está cancelada, son ladrones, franquistas… Pero, a pesar de todas las acusaciones probadas de robo, están cumpliendo el tercer mandato. Me da mucha pena.

Andy 5                                 Comprando “puchos” en un kiosco ubicado sobre Blanco Encalada.

-En la actualidad de nuestro país, ¿podrías encasillarte dentro de algún movimiento político?
-No, ni en la política argentina ni en la universal. Desde ya, puedo marcar las cosas que no me gustan. Detesto a los militares, a la represión, a los gobiernos que se olvidan de la gente y negocian con empresas extranjeras y venden al país, a las telefónicas, a las multinacionales. Tengo muchas ideas que podrían considerarse como políticas, pero no me encasillo en ningún movimiento. Me parece una gilada creer que porque se juntan cinco personas se pueda hacer algo. Es una boludez. Si te fijás, hasta los médicos en los hospitales tienen peleítas ponzoñosas. Hasta las cosas más buenas del mundo, la izquierda más linda, la más idealista, cuando se junta, la caga. Por ejemplo, en España, “Podemos” (N. de la R.: Partido izquierdista, liderado por Pablo Iglesias) ya me cae mal, porque ya les noto el afán de poder y figurar. Una vez que a la gente le va bien, entra en círculos de fama y poder que terminan corrompiendo sus ideales.

-¿Qué opinión te merece el Gobierno de Mauricio Macri?
-(Hace silencio. Toma un sorbo de té) Vamos a correr un tupido velo y a cambiar de pregunta…

-Hace 15 años, en el programa de Lucho Avilés y Luis Pedro Toni, te pronosticaron una pronta desaparición de los medios por tu defensa pública al consumo de drogas. Por el contrario, continuaste tu carrera en España y en Argentina te convertiste en un personaje famoso. ¿Qué recordás de aquel momento bizarro de la televisión que de alguna manera sirvió para presentarte en sociedad?

-En concreto, me sirvió para conseguir trabajo en Duro de Domar porque el programa era de la misma productora. Les sorprendió mi honestidad porque, por lo que entiendo y conozco, fuma porro medio planeta, incluyendo políticos, músicos y actores. El hecho de defender el consumo o promocionarlo públicamente, en una época en la que todavía era más retrógrado, me caratuló demasiado. Pero yo soy un adulto que fuma porro y lo dice con normalidad. Lo que pasa es que decirlo con normalidad es como un atentado a la salud pública o a la moral, porque estamos acostumbrados a la hipocresía. Vas a la tele con los dientes blancos, perfectos y no decís que te drogás…

-Lo paradójico es que, al día siguiente, te volvieron a invitar al programa…
-No solo que me volvieron a invitar: les pedí guita y me pagaron por ir. Justo estaba promocionando un disco que hablaba solamente de drogas. Como acá no me conocían y tenía que vender un concierto, iba a esos programas para provocar un poco. Y así logré llenar el Niceto, que era mi objetivo. Lo que nunca sospeché es que, 15 años más tarde, iba a estar en España y mis frases “Por supuesto, Lucho” o “Me aburro, Mauro” todavía se recordaran.

-Quizás tu testimonio en ese programa sirvió para desdramatizar el consumo de drogas.
-Lo plomo es que el tema de las drogas le gana a todo lo demás. Hice cinco discos, algunos que están muy buenos para mi gusto y el de mis colegas, hice radio durante mucho tiempo, ahora escribí un libro… En fin, tengo una vida que no tiene nada que ver con las drogas. No me defino como drogadicto ni eso ocupa un lugar importante en mi vida. Es como si a vos te definieran por comer pollo al verdeo. Es solo un matiz, me parece una tontería. El porro es una plantita normal que no ocupa un gran lugar en mi vida. De hecho, ahora casi no fumo de día. Fumo de noche para relajarme porque de día me pone paranoico y no me copa tanto. No es que soy un hincha de Bob Marley. La marihuana ocupa un lugar cada vez más pequeño en mi vida. Hay gente que está mucho más comprometida con el tema e incluso puede tener problemas, pero que trabaja perfectamente con sus dientes blanqueados, su sonrisa y su hipocresía.

-¿El rock y las drogas van siempre de la mano?
-En mi apreciación personal y por mi herencia, creo que sí. Aunque no tomes drogas, la actitud es rock, sexo, drogas y juventud. Es un disparate ir a tocar un bar a las tres de la mañana, ya todos re pasados, y cargar con todo en el escenario. Es muy propicio para tomarse unas copas o consumir drogas. De hecho a mí, en general, los grupos que me gustan como Lou Reed, David Bowie, The Beatles, Bob Dylan y The Rolling Stones, todos toman drogas. No había bandas que no consumieran en esa época.

-Sos más popular por tus apariciones mediáticas que por tu música. ¿Son tus propios pares los que reconocen tu obra?
-Me pasa eso, pero lo acepto muy bien. En su momento, cuando solo hacía música y todavía no había abierto la puerta de la radio o la televisión, mi consuelo era que a Fito, Charly o Calamaro les copaba lo que yo hacía. A pesar de que a mí no me conocieran tanto, siempre sentí el respeto de gente a la que le iba muy bien.

Andy 7                                    La ferretería de Miguel, uno de los comercios favoritos de Andy. 

-¿En España se te valora más?
-Sí, un poco más porque viví 16 años e hice infinitos conciertos. Pero tampoco estuve en una compañía con un lanzamiento fuerte: siempre acaricié la marginalidad. En España era lo que ellos llaman un “artista de culto”, que es una pesadilla porque quiere decir que te morís de hambre.

-¿Por qué te fuiste a vivir a España a fines de los 90?
-Porque quería. Tuve una hermana que se fue exiliada en la época de los militares y yo la tenía muy idealizada. La iba a visitar cada algunos años, no muy a menudo. De joven viajé con un amigo por Europa cuando acá estábamos en pleno menemismo y me sorprendió la comparación con esa libertad y tranquilidad. Tenía mucha curiosidad de ver el mundo y me quedé en España porque realmente la estaba pasando mejor que en Argentina. Acá tenía mi casa, mi coche y mi banda Superchango, pero allá me fui a vivir a una pensión, sin nada. Fue una decisión puramente mental, no económica.

-¿Siempre te resultó difícil vivir de la música?
-Sí, tuve inconvenientes para mantenerme vivo. La verdad es que hubo años buenos en los que hacía giras y cobraba buenos adelantos. Pero luego hay huecos donde te querés matar. A mí se me complicó cuando tuve a mi hija. Porque yo solo me arreglo perfecto: hago tres conciertitos, me voy a vivir a lo de un amigo, me dan de beber en todos los bares, como tranquilamente siempre y nunca me falta de fumar. En general, podría tener mi vida resuelta sin hacer nada. Pero, desde que tuve a mi hija, empecé a tener conflictos con esto de tener que trabajar y ganar dinero.

-¿Cómo llegaste a Villa Urquiza?
-Por el destino. Cuando volví a Argentina no tenía casa y mi familia estaba en España. La casa en la que vivo era de la hermana de mi tía. Como no tenía descendencia, cuando falleció se la pasó a mi tía. Cuando vine de España la casa estaba vacía y entonces mi tía me ofreció ir a vivir ahí. Esta casa tuvo una época de esplendor. Ahora está más caída, pero antes era un palacete.

-Debe tener cerca de 100 años…
-Sí, te lo puedo garantizar por el tema de la plomería. ¡Se rompen los caños todas las semanas! (risas)

-¿Cómo son tus movimientos en el barrio?
-Yo trabajo y vivo en mi casa. Mi vida cotidiana está muy vinculada al barrio. Voy a hacer las compras, doy una vueltita, voy a comprar tabaco. Así me voy haciendo amigos, como el ferretero y el kiosquero. Tengo una pequeña vida social acá que no tiene nada que ver con mi vida nocturna. Me relajo en Villa Urquiza, me siento lejos de todo. Entonces puedo sacar unos looks espectaculares. Salgo con equipo de gimnasia, campera de cuero y sombrero. Voy a comprarle en pijama a Raúl, el verdulero, o cruzo en bata al kiosco a comprar cigarrillos. Tengo la sensación de libertad, de estar en un lugar lejano. Como estaba acostumbrado a las distancias pequeñas de Madrid, para mí Villa Urquiza es casi una provincia. Por ejemplo, si tenés que ir a tocar a La Trastienda, en San Telmo, es una inversión de 600 pesos de taxi ida y vuelta.

Andy 6                             El kiosco de “Carlitos”, parada obligatoria en las madrugadas agitadas.

-¿Cómo definirías a la comunidad de Villa Urquiza?
-No conozco a fondo la flora y la fauna humana de acá. Noto que hay una onda de mucho colegio religioso, mucho gimnasio, mucha señorona… Pero, sin embargo, siempre voy rescatando a los emergentes: Carlitos en el kiosco, Miguel en la ferretería… A la noche, en la placita de la estación del tren, pasan unos personajes muy alucinantes y descerebrados. Pero también hay como una aristocracia de Villa Urquiza con la que todavía no tomé contacto. Quizás alguna vez, yendo a un gimnasio, pude ver algunos exponentes humanos pero no me relacioné con ellos.

-¿Te gusta el deporte?
-No sé si gustar es la palabra, pero es un esfuercito que hago para sentirme bien. Habitualmente trato de andar en bicicleta, nadar o jugar un poquito al tenis. El resultado es bueno pero en el momento no me interesa ganar, no tengo esa pasión que tiene la gente. El problema que tengo es que la gente contra la que juego se lo toma mucho más en serio que yo. Tengo otra visión.

-La condición de extrema delgadez que tiene el estereotipo rockero, como Mick Jagger, por ejemplo, ¿es consecuencia de la vida que lleva?
-Es interesante el tema. Supongo que es un estereotipo. Vos fijate que, por ejemplo, no hay guitarristas gordos pero bateristas sí. Hay mucha discriminación subliminal, porque no hay un código que lo establezca. De manera natural vas a notar que, en general, el cantante es el más guapo, el más flaquito. El guitarrista nunca es gordo pero el bajista y el baterista ya pueden ser más gordos. Los pelados tienen que tener mucho talento, como Luca Prodan, sino se quedan pagando. El rock empezó siendo como algo liberador pero en realidad es muy garca. Es mucho de imagen y de hacerse el canchero. Hay mucho de divismo, arrogancia y vanidad. Tiene 80 mil defectos el rock. Antes era más contestatario, rebelde y jugado, pero ahora yo lo veo patético.

-¿Hay muchas miserias entre colegas?
-En ese sentido, creo que no. Soy amigo de todos los músicos con los que he tocado. Con los que estuve de gira he hecho casi una hermandad porque compartí habitación, penurias, aventuras, noches, chicas… El rock une mucho, es un mundo muy hermoso.

-Defininos la relación que tenés con Charly García, Fito Paéz y Andrés Calamaro.
-Con Fito somos amigos muy íntimos desde hace más de 20 años. Con Andrés tuve un período muy cercano en España, de unos diez años. Y con Charly lo que tengo es devoción. Por algún milagro, cuando volví a Argentina, me tiró muy buena onda. Antes me tiraba tijeras y empanadas por la cabeza, pero ahora se acuerda todo al revés. “¡Qué bien la pasábamos en España!”, me dice. Él se lo acuerda todo lindo y ahora me invita a su cumpleaños y a los programas de tele. Hasta tocamos juntos en Niceto.

-¿Ese cambio de opinión de Charly tiene que ver con su recuperación?
-Al revés, yo creo que tiene que ver con la confusión. Se acuerda de que éramos más amigos de lo que realmente fuimos.

-Al menos de tu parte hay una gran admiración.
-Sí, son esas devociones que son casi subliminales. Me seducen su locura, su valentía, su creatividad y su talento. Cuando era chico, era fanático de Sui Géneris. Apenas salían sus discos, yo me los compraba. En mi época de adolescencia, fue muy importante Charly. Después, de grande, su actitud rebelde y autodestructiva también fue una gran influencia. En un mundo tan careta e hipócrita me resultaba encantador ver cada disparate que hacía. Cada vez que rompía los esquemas con una frase matadora o con un hecho como tirase a una pileta desde un balcón me parecía genial.

-¿De qué se trata Indianápolis, el libro que acabás de lanzar?
-Es una aventura. Editorial Planeta me financió en enero un viaje por el país, para recorrer el interior. Propuse un libro de aventuras, de lo que se llamaba antes periodismo gonzo, pero después me di cuenta de que no tengo ni el cuerpo ni la edad para a hacer tantos disparates. Entonces tuve que buscar un punto intermedio y me dediqué a describir el interior con un espíritu darwiniano. Busqué habitantes originarios por todos lados, pero me costó mucho encontrarlos: se ve que mataron a casi todos. Lo mezclé también con aventuras: pasamos por lo de Fito, llevé a un amigo drogadicto a curarse tomando ayahuasca en Bolivia con una chamana brasileña. Fracasé, obviamente… Después me fui a Mar del Plata, al carnaval de Gualeguaychú. Viajamos en casa rodante, avión, buses y todos los medios de transporte posibles. Fue un disparate de viaje. Como era mi primer libro, me costó muchísimo escribirlo. Estuve cuatro meses encerrado en mi casa. Antes había colaborado con medios gráficos de España, pero nunca había escrito más de seis páginas juntas. Como me gusta leer y además ya estaba gastado todo el dinero del libro, sentí una presión enorme y me dediqué sólo a eso.

-¿Por qué se llama Indianápolis?
-Tiene que ver con el nombre que tenía la carrera de coches en el Italpark y con salir a buscar indios. Me pareció un nombre moderno.

Andy 8-Al recorrer el país, ¿cuáles fueron las imágenes que más te dolieron?
-Es un poco como los diarios. Lo que vi ya lo sabía. El interior está muy olvidado. No quiero adelantar conclusiones del libro, pero básicamente encontré que este país es muy contradictorio. Se supone que los federales le ganaron a los unitarios, pero eso nunca pasó. El interior está a años luz de la capital. Hay muchas zonas que no tienen Internet, entonces si vos querés ser arquitecto, músico o científico no podés. Estás condenando a ser mozo del hotel del pueblo o ganadero. Los pibes no tienen posibilidades sin Internet. Después noté que el paisaje de Argentina es todo igual: verde, marrón, mosquito y se pone rojo en La Rioja. España es muy variado: caminas cien kilómetros y parece que estás en otro país porque se habla en otro idioma.

-Volviendo a la música, se percibe que, a diferencia del argentino, al español promedio le cuesta más interpretar música. Se nota en los cantos de cancha. ¿Coincidís con esta apreciación?
-Estoy absolutamente de acuerdo. No quiero herir a la importante comunidad vasca que tenemos en Villa Urquiza, pero los exponentes de rock y pop de España, en comparación con los de Argentina, son desastrosos. Esto lo he analizado, hay una diferencia de oído. Allá no entienden a Charly o a Spinetta porque no tienen capacidad de abstracción. Me pasó lo mismo con el humor. Tienen un humor básico, muy lineal, como el de Los tres chiflados. Con mis amigos argentinos nos poníamos a ver a Capusotto pero los españoles no lo entendían. En cuanto a la música, tuvieron menos acceso a la información. Acá teníamos a Spìnetta a finales de los 60, pero en España estaba el franquismo y no dejaban importar discos. Un chico español, como mucho, podía acceder a un disco de The Beatles que se había comprado en Londres. En España tuvieron muchos años muertos por el franquismo. En los 80, con la llegada de la democracia, se vino como la liberación y arrancaron con muy buena onda pero sin ningún tipo de oído. Si vos ahora escuchas esos discos, son un papelón. Pero a ellos les siguen gustando porque les marcó la adolescencia.

-Tu nombre original es Andrés Fejerman. ¿Cómo surgió el apodo Andy Chango?
-Tenía mi grupo Superchango y cuando me fui a España saqué mi primer disco solista. Como todas las canciones hablaban de drogas, decidí ponerme un seudónimo porque mis padres trabajan en salud mental. Mi padre es un neurólogo muy importante y mi madre, psicóloga. Pensé que sería un disgusto para mi padre ir al hospital y que le dijeran que su hijo era el que cantaba sobre las drogas. Entonces quise diferenciarlos, limpiar un poco el apellido y no joderlos. También fue por un hecho práctico: ya me llamaban Andy Chango por el nombre de la banda Los changos. Entonces dejé que el apodo corriera para no perturbar a mi familia con ese cruce de profesiones entre el rockero y el neurólogo. Igual es un tema que ya está superado. Mi padre está en armonía con lo que hago y cómo vivo.

-¿Estás a favor de la despenalización de la marihuana?
-Sí, obvio. Me parece una barbaridad que esté penalizada. Es una locura. Comparativamente con los otros delitos que quedan impunes, con la cantidad de chorros que hay, con todos los millonarios que quedan libres, los que desfalcan el país y la falta de Justicia, ¿vas a meter preso a un flaco por fumar un porro? Si no perjudicás a un tercero, todo lo que hagas con tu vida es problema tuyo y tenés toda la libertad para hacerlo. Yo no tengo problemas, voy a defender el consumo. Mientras no le hagamos daño a nadie, libertad absoluta.

-¿La despenalización podría terminar con el negocio del narcotráfico?
-Es el ABC. Si todo el mundo tuviera su planta de marihuana, no existirían los narcotraficantes. Después hay otras drogas, como las sintéticas, que son más dañinas. Hay un debate sobre eso. Yo creo siempre en la libertad individual, hasta para suicidarte. Pero no te defiendo con la misma alegría otras drogas como lo hago con la marihuana, con la que sé que está todo bien.

-¿Por qué ya no está más al aire el programa televisivo Duro de Domar, donde hacías la sección Chango Feroz?
-Tiene que ver con la relación que hay entre la política y los medios. Duro de Domar era un programa que apoyaba muy claramente a la gestión anterior por eso tenía una subvención que, al cambiar el Gobierno, desapareció. Además, en el medio, Cristóbal López compró la productora. Ahora hay mucho lío con los trabajadores porque no les están pagando. Lo que creo que es penoso es que hay mucha gente que se dedica a hacer música o radio y que con estas movidas se queda sin trabajo. Hay gente que no tiene una opinión política fija y que cae enredada. Yo mismo no soy K ni anti K y tampoco me simpatiza Macri.

-La última: ¿en qué medida sos Andrés Fejerman y en cuál sos Andy Chango?
-Es una buena pregunta, pero es difícil de medirlo. En mi vida cotidiana, no soy el personaje de Andy Chango. Ese flaco que hace bromas con faltas de respeto, que está siempre ansioso, que habla rápido y se burla. Soy un flaco más bien tranquilo, callado y sobrio. En casa estoy muy relajado: me gusta leer, dar una vueltita por el barrio, estar con mi hija, tocar el piano. Pero cuando salta el personaje porque salgo de noche o me tomo tres copitas, es muy fuerte. Tiene apariciones cortas pero muy intensas. Ayer mismo salí de noche y todavía el otro Andy está tratando de encajar las pelotudeces que hizo. Creo que terminé travestido en el bar Mamita de Álvarez Thomas y Olleros…

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