A los 32 años, Fernando Signorini abandonó la seguridad de la empresa familiar y viajó a España, con un puñado de dólares, para probar suerte en el fútbol europeo. La oportunidad se la dio Andoni Goikoetxea, cuando fracturó en tres partes el tobillo izquierdo del -para muchos- mejor jugador de todos los tiempos. Desde ese momento, el “Ciego” acompañaría al Diez como preparador físico durante más de una década y sería testigo privilegiado de su leyenda. “Lo raro es que él esté vivo”, dice hoy con perplejidad.


Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

El habitáculo de un Ford K será, durante varias horas del sábado 3 de agosto, el espacio reducido que me permitirá conocer en profundidad a Fernando Signorini. Un viaje a Lincoln que se convertirá en road trip, esas travesías vivenciales -a lo largo de rutas interminables- que los ocupantes del auto aprovechan para compartir sus experiencias personales. Las anécdotas y reflexiones del profesor de educación física, que mientras habla de fútbol puede citar a Albert Camus o Eduardo Galeano, causan el milagroso efecto de que el trayecto sea más corto o que el tiempo transcurra más velozmente. Como vive en Belgrano, anoto mentalmente que debo entrevistarlo al regreso.
En su pueblo natal nos esperan, al también linqueño Pedro Fermanelli y a mí, para hablar de La final bastarda, el libro que escribimos juntos sobre la sospechosa definición que enfrentó a Vélez y Huracán en 2009 y que Signorini presentará. En esa ciudad del noroeste bonaerense, famosa en el mundo como la “capital nacional del carnaval artesanal”, lo conocen como “el Mosca”. El mote le quedó por los anteojos gruesos que usaba debido a una miopía de altísima graduación, que después degeneró en glaucoma. Por ello Diego Maradona, de quien se convertiría en su entrenador personal, lo llamó -con la eficacia habitual que tiene para los apodos- “el Ciego”.
Ahora estamos en el Havanna de Arcos y La Pampa, sentados a una mesa de la calle. La vuelta al fútbol argentino del Diez es la excusa, café y alfajores mediante, para hablar largo y tendido con el “Profe”. Acaso el colaborador más estrecho y menos hipócrita que tuvo alguna vez quien fue -para muchos- el mejor jugador de todos los tiempos.

-Luego de la vuelta de Diego al fútbol argentino, te llaman de todos los medios para dar tu testimonio. ¿Cómo lo tomás?
-Lo acepto, es algo normal. Una vez me preguntaron a qué cosas había renunciado para seguir a Diego. Renuncié a una vida gris, a una vida sin emoción…

-¿Vos tenías una forma de ser muy distinta de la que te propuso Diego?
-No te creas. En la secundaria, en Lincoln, mis amigos me decían “perro verde”, porque era de desafiar, de alterar el orden. Si no me hubiera dedicado a esta actividad, por delante tenía la industria que nos legó mi viejo, pero yo renegaba de eso porque mi hermano no me daba pelota. Yo quería otra relación con los obreros y él era muy despreciativo. No me quedaba un minuto en el escritorio, me iba al galpón a cargar bolsas en los camiones, a manejar tambores.

-¿Qué era lo que producían?
-Subproductos ganaderos, lo que sale de la grasa animal: oleína, glicerina… Hasta que un día, antes de tener un problema, dije basta y empecé a estudiar Educación Física.

-Tu forma de vinculación con los empleados hubiera sido inviable para los parámetros tradicionales de una empresa.
-Yo había leído la teoría marxista sobre el capital y propuse que, si producíamos 40 mil kilos de mercadería, de ahí para arriba un porcentaje de las ganancias sea repartido. Era un hecho motivante y una manera de cooperativizar el trabajo de los obreros. Como no quisieron saber nada, un día le dije a mi vieja que había decidido renunciar a todo a cambio de dos pasajes a Europa para mí y mi mujer y 800 dólares en el bolsillo, que terminaron siendo 1.100 porque tres amigos me dieron 100 cada uno.

-¿Ya estabas casado en Lincoln?
-El día anterior me había casado. No teníamos hijos. Fui papá recién a los 43.

-¿Qué edad tenías en ese entonces?
-32, era 1983. En diciembre voy a cumplir 69.

-¿Se puede decir que empezaste de grande tu actividad? De alguna manera tenías una indefinición respecto de tu futuro.
-Nunca me preocupé, tampoco. Durante diez años trabajé ad honorem en el Club Rivadavia de Lincoln. El único año que cobré, aunque no mucho, fue cuando un amigo me invitó a dirigir en Atlético Quiroga. Hasta que dejé Lincoln, siempre viví de la empresa familiar.

-¿No llegaste a ejercer en colegios?
-Una sola vez, en el colegio Monseñor Antonio Surce. Mi viejo había sido uno de los fundadores.

-¿Cuál fue el detonante que te llevó a dejar el país?
-Quería tener una experiencia en el fútbol europeo. Primero fuimos a Madrid, donde estuvimos tres días, y de ahí a Barcelona. Estaba Menotti dirigiendo en el Barsa, pero no lo conocía y no tenía contactos de ningún tipo. Era una linda manera de ponerme a prueba: a ver, ¿quién soy? Lincoln era mi zona de confort: siempre la misma gente, los mismos lugares, las mismas charlas…

Fernando Signorini dejó su Lincoln natal a los 32 años para buscar una oportunidad en el fútbol europeo.

-¿Cuándo empezó la montaña rusa de tu vida?
-El día que Goikoetxea lesionó a Diego. Si no, no estaría acá.

-Claro. Vos lo habías conocido y tratado, pero eso no hacía presumir una relación duradera.
-Estaban programando una escuela de fútbol en Barcelona y esa era toda mi ilusión. Cuando pasó lo de la lesión, lo empecé a visitar a la casa. El Dr. Oliva le hacía la rehabilitación y un día me pidió que lo ayudara a que subiera y bajara las escaleras, a que hiciera abdominales. Me dio ese trabajo, pero ad honorem.

-¿Vos tenías un ingreso fijo?
-Me las rebuscaba. Trabajé de sereno a la noche y en una feria. En ese ínterin pasó eso, empezamos a entrenar con Diego y una noche me llamó Claudia a casa, como a las 11: “Profe, pregunta Diego si puede venir. Tiene que hablar con usted”. “Mirá, si no hay mucho apuro, decile que voy mañana a un entrenamiento y hablamos”, le respondí. Al día siguiente fui y estaba el utilero Galíndez cargando el bolso. Salió Diego y fuimos en su Mercedes a entrenar a la montaña, donde íbamos siempre, pero no me decía nada. Estábamos volviendo a la casa y nada. Hasta que en una esquina frena y me dice: “Profe, quiero que te quedes a trabajar como mi preparador físico personal”. “Pero cómo, vos tenés el preparador físico del equipo”, le respondo. “Sí, pero yo quiero uno personal”, me insistió. Sin saberlo, estaba inventando una profesión nueva y yo iba a ser el primero en ejercerla. “Siempre había pensado en esta idea pero más ahora, que estoy con este problema y voy a necesitar un cuidado más cercano”, me explicó. “Mirá, Diego, esto es algo nuevo. Dame cuatro o cinco días y lo pienso”, le dije. Fuimos a la casa y cuando salí quería volver ya, pensaba que había sido un chiste. A los pocos días volví -me acuerdo que era un domingo-, toqué el timbre y me recibió en la puerta su ama de llaves, que era una señora andaluza: “El niño está mirando la televisión en la sala”. Cuando entro lo veo a Diego en un sillón grande, en posición de loto, lo saludo y le digo: “Estuve pensando en lo que hablamos el otro día. Está bien, vamos a empezar entre los dos a ver cómo inventamos esto”. “Bueno, mañana andá a la oficina de Jorge (Cyterszpiler) para firmar el contrato”, me pide. “¿Qué contrato? Yo no voy a firmar nada. Vos me dijiste que le diste trabajo a un montón de amigos y te terminaron haciendo juicio. De nuestra relación no va a comer ninguna ave negra, así que olvidate. El día que vos no estés más de acuerdo me lo decís y me voy. Lo mismo si yo no me siento bien, me voy”. Y así estuvimos 11 años juntos, trabajando sin contrato y él cumpliendo siempre.

-¿Fue una relación generosa en términos económicos?
-En comparación con lo que él ganaba, yo no ganaba nada.

-O sea que fuiste un empleado más, sin una jerarquía especial.
-Claro, a pesar de que estaba todo el día con él y no sólo le hacía de preparador físico. Cuando llegó Cóppola me quiso limpiar y Diego le dijo que no.

-¿No lograste un buen acuerdo contractual por descuido o porque era lo que él te proponía?
-A mí no me importaba, no tenía conciencia de que el día de mañana iba a tener una familia. Si fuera ahora, sería distinto.

-¿Tuviste una relación más bohemia?
-Sí, es mi filosofía. Además, el hecho de no tener contrato me daba la posibilidad de decirle las cosas aunque no le gustaran. No estaba atado.

-Dentro del círculo íntimo de Maradona, fuiste el menos obsecuente, el menos frívolo.
-Sí, eso lo rechacé siempre. Cuando salíamos a algún lugar, me decían “hijo de puta, te hubieras puesto un saco. Sos el preparador físico de Maradona”. A mí qué me importaba, yo soy así.

«Para seguir a Diego renuncié a una vida gris, a una vida sin emoción…», dice.

-¿Cómo le caía eso a él?
-Lo descolocaba, porque estaba acostumbrado a que lo que él decía había que hacerlo.

-¿Siempre fue así o hubo algún momento en el que se produjo el click?
-Es así desde que lo conocí, porque cuando yo llegué ya era Maradona y tenía su séquito.

-¿Los excesos ya estaban?
-No, no. Yo creo que el momento de quiebre de Diego fue cuando nació su hijo no reconocido (N. de la R.: Fruto de una relación con Cristiana Sinagra), en septiembre de 1986, un año antes de Dalmita. Ahí empezó a tener conductas distintas, a faltar a entrenamientos, fue duro. Cuando la adicción ya había hecho mella en él, hubo momentos durísimos.

-¿O sea que, hasta el Mundial de México, fue un jugador aplicado, profesional?
-Él quería llegar a ser lo que fue. En eso no negociaba nada.

-A los 26 empezó su debacle, de alguna manera.
-Sí. Creo que en el 87 fue la primera vez que se negó a ir a un partido, contra el Inter. No viajó porque estaba mal. Ya estaba Cóppola con él. Sin embargo, cuando iba a la cancha parecía que no le pasaba nada, porque seguía ganando todo. De hecho el primer Scudetto lo consiguió en el 86/87, después del Mundial.

-¿Del 86 en adelante fue otra persona?
-Sí, empezó a variar mucho. Por eso ahí yo fui -y lo decía él también- mucho más importante en la contención que en la preparación en sí. Era un consejero.

-¿Qué tipo de situaciones te tocó vivir en ese sentido? Una vez contaste que lo tuviste que sacar de la cama.
-Lo fui a buscar para ir al entrenamiento, porque hacía dos o tres días que no iba y ya no teníamos más posibilidades de mentir. Les expliqué la situación de Diego a Bilardo, a Ferlaino (presidente del Napoli) y al Director General del club, porque en alguien me tenía que apoyar, pero se hicieron todos los boludos porque el limón todavía daba jugo. Como seguía ganando, no había problema.

-¿Faltó contención en esa etapa?
-Sí, claro, pero nadie se preocupó porque estaban para ganar plata. El poder es insensible.

Signorini fue el preparador físico de la Selección durante el Mundial de Sudáfrica 2010.

-Me estabas contando la anécdota…
-Diego estaba desde hace tres días sin entrenar y yo lo fui a buscar. “No me grites que, si me peleé con mi viejo, me puedo pelear con vos”, me dijo. “¿Sabés por qué no te podés pelear conmigo? -le pregunté-. Porque así como estás te pego un cachetazo y te hago saltimbanqui. Dale, dejate de joder, bañate y vamos”. Me fui del cuarto, se dio una ducha y salió como si estuviera todo bárbaro. Tenía esos cambios que no se podían creer. Estaba como una gallareta y salió hecho un cisne, todo contento y sonriente. Cuando estaba así, era irresistible el encanto que tenía.

-¿Ese encanto no te arrastró, no te tentó a caer en sus excesos?
-Me lo planteó, de hecho, y yo le dije que no: “Cuando estoy contento quiero saber por qué y cuando estoy triste, también. Además, para eso hace falta mucha plata, tenés que ser Maradona, y yo sólo soy tu preparador físico”.

-Él quería invitarte…
-Sí, a todo. “Cuando estamos así podemos hablar”, decía. “Yo puedo hablar de cualquier cosa sin eso”, le explicaba.

-¿Llegó a consumir frente a vos?
-No, jamás.

-¿Te hubiera producido rechazo esa situación?
-Sí, y él lo sabía. Además no le hubiera servido. Él necesitaba a alguien que no cediera, que se le plantara y le dijera que no. Ahí pasé a ser todavía más importante para él, porque sabía que yo no me iba a quebrar.

-¿Qué hiciste después del 91, cuando Diego dejó Napoli?
-A él lo suspendieron en abril y yo me quedé allá a cargo de todo lo que tenía. Y cuando digo todo, es todo. En ese entonces su representante era Franchi, pero se habían venido todos para Argentina y el único que se quedó fui yo. Estuve más de un año para hacer todo: llenar los containers, ordenar… Llevé la Ferrari a Barcelona, los dos BMW a Alemania, uno manejando yo y otro un amigo, y el Rolls Royce lo mandé a Suiza.

-Alguna vez dijiste que “Diego hizo bien en drogarse” y te llovieron las críticas. ¿Querés aclararlo?
-Lo reafirmo con todas las letras. Menos mal que encontró la cocaína en el camino, porque eso le alargó el tiempo y les dio oportunidad a los terapeutas a que llegaran para ayudarlo. Si no, la decisión que podría haber tomado hubiera sido irreversible, como pasó con otros chicos que tomaron decisiones drásticas.

-¿Qué creés que pasaba por la cabeza de Diego para haber tomado ese atajo?
-Es que no podía con él mismo. ¿Cómo hacés para ser Maradona? No podés salir a la calle, no podés vivir…

El «profe» acompañó a Marcelo Benini y Pedro Fermanelli en la presentación de «La final bastarda» organizada en su Lincoln natal.

-Vos que fuiste testigo privilegiado, contanos alguna anécdota de esa popularidad.
-¡Hay mil! Una vez lo invitaron a comer los reyes de España, Juan Carlos y Sofía. Era una mesa de no sé cuántos metros para él y Cyterszpiler. Le pusieron como seis cubiertos y varias copas y cuando le trajeron la comida no quería empezar porque no sabía el protocolo. Después me dijo “no sabés las ganas de comer un choripán que tenía” (risas). Él era Diego de Fiorito, eso era lo que nadie entendía.

-En ese sentido Messi tiene una ventaja, por venir de otro contexto.
-No te olvides de que a los 12 años se lo llevaron al Barcelona. Messi es europeo, su formación es europea. No tiene nada que ver. La vida de Diego es muy compleja.

-Acompañaste a Maradona también en la experiencia en Sevilla, a donde fuiste por su expreso pedido. ¿Qué ocurrió después?
-Volví a Buenos Aires y empecé a trabajar en el grupo del Flaco Menotti, primero en Banfield y después en Independiente. También estuvimos en Rosario Central, Tecos de Guadalajara y Sampdoria.

¿Cómo viviste el doping del 94?
-Fue una locura total. Esa selección tenía un equipazo y Diego estaba afilado. Nosotros calculamos que él tenía que estar bien para la segunda fase, porque la primera la íbamos a pasar, y justo cayó el doping contra Nigeria. Él mismo lo dijo: le cortaron las piernas. Fue una tristeza infinita.

-Y una gran torpeza…
-O negligencia o qué se yo. Después se dijo que a Cerrini le dieron 200 mil dólares para drogarlo a Diego y sacarlo del Mundial. Todas las teorías son posibles. No le iban a perdonar que fuera campeón en Estados Unidos con las fotos de Fidel Castro y el Che Guevara. Cuando le dije al doctor de la Selección de hacer un anti-doping sorpresa, le encantó la idea, pero Grondona dijo que no.

-¿Ahí Diego estaba “limpio”?
-Sí, estaba muy bien.

-¿No había riesgos?
-No. Además, en el Mundial anterior, a un jugador de España le había pasado lo mismo y le habían dado sólo un partido, por lo que pudo seguir jugando. A Diego no lo iban a perdonar.

-La versión de Maradona en el Mundial 2010 dista mucho de la actual. ¿Qué pasó para que se precipitara tanto su salud en los últimos tiempos?
Creo que es una suma de efectos. Él exageró mucho con su cuerpo, lo mató a palos. Lo raro es que esté vivo: cualquier persona normal ya sería recuerdo.

-¿Cómo siguió tu relación después del Mundial del 94?
-Hasta el 2008 nos vimos una sola vez, pero al primero que llamó cuando lo nombraron DT de la Selección fue a mí.

-¿Lo volviste a ver luego?
-Una sola vez, cuando falleció el papá. Otra vez me llamó desde Dubai, pero no mucho más. Hace poco me preguntaron qué diría Diego si me encontrara después de tanto tiempo: “¿Qué hacés, Ciego?”.

-¿Grondona te usó como chivo expiatorio para ejecutarlo a Diego?
-Él le pidió la renuncia de todos los colaboradores porque sabía que Diego iba a decir que no. Yo a Grondona no le caía simpático, pero me respetaba y valoraba mucho. Me lo contó el Gringo Heinze antes del Mundial: “El único tipo que está a la altura de la Selección Argentina es el Profe”, dijo, para también atacar a Diego. Un hijo de puta, no puede minar la autoridad de un líder diciendo eso.

«Messi es europeo, su formación es europea. No tiene nada que ver con Diego», asegura. (Foto: sport.es)

-¿Cómo lo ves ahora a Diego, en su nuevo rol de DT de Gimnasia?
-Por fin alguien le dio la posibilidad de trabajar en el fútbol argentino. Su lugar en el mundo es una cancha de fútbol.

-¿Seguiste la conferencia de prensa cuando asumió?
-No, no pude, pero veo que hay un aprovechamiento de su figura. Es una salvajada tenerlo en la picadora de carne cada domingo, pero les conviene a todos: los periodistas tienen material, los políticos tapan todo el quilombo, la cancha de Gimnasia y de todos los clubes se van a llenar, más gente va a viajar en micros y aviones… Es increíble lo que genera Maradona.

-¿Esta aventura, terapéuticamente, le hace bien o lo expone a una demanda a la que no está preparado?
-Para mí es un riesgo, pero encuentra en el fútbol el escape que necesita.

-Parece ser un desahogo. Estaba muy emocionado el día de la presentación.
-Ese es Diego. Por eso alguna vez dije que con Diego voy hasta el fin del mundo, pero con Maradona ni a tomar un café. Imaginate sentarlo en esta mesa… Es imposible.

-Claro, vos además siempre fuiste perfil bajo. Una suerte de antítesis de Cóppola, que disfrutó esa exposición.
-Diego me necesitaba a mí y Maradona necesitaba a Cóppola. Yo venía del campo, de otros valores, de otros hábitos. Nunca quise el lujo, pero lo disfruté cuando lo tuve. Por ejemplo en mayo estuve en Cannes para la avant premiere del documental de Diego y en el hotel paraban Almodóvar, Penélope Cruz, Brad Pitt y Leonardo Di Caprio. Ahora también me quieren invitar para cuando se presente en Miami. Imaginate que gracias a Diego he conocido a Fidel Castro, a Joan Manuel Serrat, a Eduardo Galeano

-¿Cómo transcurre tu vida profesional ahora?
-Estoy abocado a dar charlas, conferencias. Con la llegada de Diego, en una semana di no menos de 30 entrevistas.

-Quedaste como la referencia más jugosa de la vida de Diego.
-Y la más creíble, porque a Cóppola no lo fue a ver nadie. Lo que digo yo seguro que no lo dice Coppola.

-¿Ese entorno nocivo de Diego te tenía rechazo?
-Sí, pero lo disimulaban bien, porque sabían que Diego, Claudia y la familia me bancaban, sobre todo Don Diego.

-¿Aceptarías trabajar en el fútbol argentino?
-No, y con Diego tampoco. Sé de sobra cómo es el fútbol argentino, los dirigentes, los periodistas… De mis colegas sólo yo salgo a hablar. En la mesa del café sí te hablan, pero cuando les ponen el micrófono ninguno dice nada. Yo me crié con los valores de Osvaldo Ardizzone, de Dante Panzeri, de Osvaldo Bayer. Y ahora miren quiénes están…

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